trozos de textos

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Moderadores: sydneywell, garcialuci, Rosario Ramos

trozos de textos

Notapor sydneywell el 23 Jun 2011, 13:51

he sentido la necesidad de abrir un tema para publicar citas. me refiero a citas amplias, fragmentos de libros que nos han impresionado. aún no he pensado si tenemos que evitar destripar la trama o no... supongo que nadíe vendrá a publicar el nombre del asesino buscado todo un libro de misterio.



empiezo con

JERZY KOSINZKI - EL PAJARO PINTADO

Lej daba vuelta al pájaro y le pintaba las alas, la cola y el pecho con todos los tonos del arco iris hasta que su aspecto era más llamativo que un ramillete de flores silvestres.
Luego nos trasladábamos a la espesura del bosque. Allí, Lej sacaba el pájaro pintado y me ordenaba que lo cogiera en la mano y lo apretara ligeramente. El pájaro empezaba a piar y atraía a una bandada de su misma especie que revoloteaba inquieta sobre nuestras cabezas. Al oír a sus congéneres, nuestro prisionero hacía denodados esfuerzos por remontarse hacia ellos, gorjeando con más bríos, mientras su corazoncito palpitaba violentamente en el pecho recién pintado.
Cuando ya se había congregado sobre nuestras cabezas una cantidad suficiente de aves, Lej me hacía una seña para que soltara al prisionero. Este se elevaba, dichoso y libre, como una mancha irisada contra el fondo de nubes, y se integraba en seguida en el seno de la bandada marrón que lo aguardaba. Los pájaros quedaban fugazmente desconcertados. El pájaro pintado describía círculos de un extremo de la bandada a otro, esforzándose en vano por convencer a sus congéneres de que era uno de ellos. Pero, deslumbrados por sus colores brillantes, los otros pájaros volaban alrededor de él sin convencerse. Cuanto más se obstinaba el pájaro pintado por incorporarse a la bandada, más le alejaban. No tardábamos en ver cómo una tras otra, todas las aves de la bandada protagonizaban un ataque feroz. Al cabo de poco tiempo la imagen multicolor se precipitaba a tierra. Cuando por fin encontrábamos el pájaro pintado, casi siempre estaba muerto. Lej estudiaba minuciosamente la cantidad de heridas que presentaba el ave. La sangre manaba entre sus alas coloreadas, disolviendo la pintura y manchando las manos de Lej.

Un día atrapó un cuervo de grandes dimensiones, y le pintó las alas de rojo, el pecho de verde y la cola de azul. Cuando una bandada de cuervos apareció sobre nuestra choza, Lej soltó el pájaro pintado. Apenas éste se sumó a la bandada, se desencadenó una batalla encarnizada. Al ave disfrazada la atacaban desde todas partes. A nuestros pies empezaron a caer plumas negras, rojas, verdes y azules. Los cuervos se remontaron frenéticamente hacia el firmamento y el pájaro pintado se desplomó de pronto sobre la tierra recientemente roturada. Aún estaba vivo, y abría el pico y se esforzaba en vano por mover las alas. Le habían arrancado los ojos y la sangre chorreaba sobre sus plumas coloreadas. Nuevamente intentó remontarse de la tierra húmeda, pero estaba agotado.
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sydneywell
 
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Re: trozos de textos

Notapor sydneywell el 23 Jun 2011, 16:24

Empecé a pensar en las muchas maneras de morir. Hasta ese momento sólo me habían impresionado dos de ellas.
Recordaba muy bien el día en que, al comenzar la guerra, una bomba cayó sobre una casa situada frente a la de mis padres. Nuestras ventanas volaron. Nos vimos asaltados por el derrumbe de las paredes, el estremecimiento de la tierra sacudida, los gritos de desconocidos agonizantes. Vi cómo se desplomaban al vacío las superficies marrones de las puertas, de los techos, de los muros a los que aún se adherían desesperadamente los retratos. Cual un alud descerrajado sobre la calle se sucedían los majestuosos pianos de cola que abrían y cerraban sus tapas en el aire, los enormes y pesados sillones, los taburetes y escabeles traviesos. Los perseguían las arañas que se desarticulaban estrepitosamente, los calderos y las marmitas relucientes, los orinales de aluminio fulgurante. Caían las páginas de libros despanzurrados, aleteando como bandadas de pájaros despavoridos. Las bañeras se desprendían lenta y deliberadamente de las tuberías, enredándose mágicamente en los nudos y volutas de barandas, pretiles y canalones.
A medida que se posaba el polvo, la casa demolida dejaba ver tímidamente sus entrañas. Cuerpos humanos fláccidos yacían despatarrados sobre los bordes mellados de los suelos y los techos rotos, como trapos destinados a cubrir la devastación. Apenas empezaban a empaparse en la tintura roja. Pequeñas partículas de papel desgarrado, escayola y pintura se adherían a los harapos pegajosos y enrojecidos, como moscas hambrientas. En torno, todo se seguía moviendo: sólo los cuerpos parecían reposar.
Después el aire se llenó con los gemidos y los gritos de las personas atrapadas por las vigas caídas, insertadas en pértigas y tubos, parcialmente destrozadas y aplastadas bajo fragmentos de paredes. Sólo una anciana salió del foso oscuro. Se aferraba frenéticamente a los ladrillos, y cuando su boca desdentada se abrió para hablar no pudo articular un sonido. Estaba semidesnuda y los pechos marchitos colgaban de su torso huesudo. Cuando llegó al borde del cráter, en lo alto de la montaña de escombros que separaba el foso de la calzada, se empinó brevemente sobre el filo. Después se derrumbó hacia atrás y desapareció detrás de las ruinas.
Un hombre puede morir en condiciones menos espectaculares a manos de otro. No hacía mucho tiempo, cuando aún vivía en casa de Lej, dos campesinos empezaron a pelear en una recepción. Se embistieron en medio de la cabaña, se agarraron sus respectivas gargantas y cayeron al suelo de tierra. Se mordían como perros furiosos, arrancándose jirones de ropa y de carne. Sus manos callosas, sus rodillas y sus pies parecían tener vida propia. Saltaban de un lado a otro apretando, golpeando, arañando, retorciéndose en una danza demencial. Los nudillos desnudos machacaban los cráneos como martillos y los huesos se fracturaban bajo el impacto.
Al fin los huéspedes, que contemplaban apaciblemente el espectáculo, formando un círculo, oyeron un crujido y un estertor. Uno de los hombres permaneció más tiempo sobre el otro. El caído jadeaba y parecía debilitado, y sin embargo levantó la cabeza y escupió en la cara del vencedor. Este no perdonó la afrenta. Se infló triunfalmente como una rana y su puño recorrió un largo trayecto antes de estrellarse con espantosa violencia contra la cabeza de su rival. La cabeza ya no volvió a intentar elevarse, sino que pareció disolverse en un charco cada vez más grande de sangre. El hombre estaba muerto.
Ahora me sentía como el perro sarnoso que los guerrilleros habían matado. Primeramente le habían acariciado la cabeza y le habían rascado detrás de las orejas. El animal, desbordante de alegría, ladraba con ternura y gratitud. Después le arrojaron un hueso. Corrió tras él, moviendo la cola hirsuta, espantando las mariposas y pisoteando las flores. Cuando alcanzó el hueso y lo levantó orgullosamente, le pegaron un tiro.
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la cometa de kosinski

Notapor sydneywell el 23 Jun 2011, 17:18

Para mantener encendido el fuego durante la noche, había que llenar el cometa con una masa compacta de musgo húmedo recogido al pie de árboles altos. El musgo ardía con un fulgor tenue, y su humo ahuyentaba las serpientes y los insectos. En caso de peligro, bastaban unos pocos balanceos para ponerlo al rojo blanco. En los días húmedos o con nieve, había que recargar frecuentemente el cometa con madera o corteza resinosa y seca, y era necesario agitarlo mucho. En los días ventosos o calurosos y secos no hacían falta muchos balanceos, y era posible reducir aún más el ritmo de combustión echándole hierba fresca o rodándolo con un poco de agua.
El cometa también era un elemento indispensable para defenderse de los perros y las personas. Incluso los mastines más feroces se detenían en seco cuando veían un objeto que se zarandeaba locamente y despedía chispas que amenazaban con incendiarles el pelo. Ni siquiera el hombre más osado estaba dispuesto a perder la vista o a dejarse quemar la cara. Un individuo armado con un cometa cargado se convertía en una fortaleza y para atacarlo sin peligro había que emplear una pértiga o arrojarle piedras.
Por ello, la extinción del cometa implicaba un problema muy serio. Podía ocurrir por descuido, por exceso de sueño o por obra de un chaparrón inesperado. En esa comarca escaseaban las cerillas. Costaban mucho y eran muy difíciles de obtener. Quienes las tenían, acostumbraban a partirlas por la mitad para economizarlas.
En consecuencia el fuego se conservaba muy escrupulosamente en las salamandras de las cocinas o en la cavidad de los hornos. Antes de irse a dormir, las mujeres cubrían el fuego con cenizas para asegurarse de que los rescoldos se conservarían por la mañana. Al amanecer, se santiguaban reverentemente antes de soplar para reavivar el fuego. Este, decían, no es un amigo natural del hombre. Por eso hay que complacerlo. También creían que compartir el fuego, y sobre todo pedirlo prestado, sólo podía acarrear desgracias. Al fin y al cabo, es posible que quienes toman prestado el fuego en este mundo tengan que devolverlo en el infierno. Y sacar el fuego de la casa podía secar la leche de las vacas o esterilizarlas. Además, la salida del fuego podía provocar consecuencias desastrosas en caso de parto.
Si el fuego era esencial para el cometa, éste lo era para la vida. El cometa era necesario para aproximarse a los lugares habitados, que siempre estaban protegidos por jaurías de perros salvajes.
Y en invierno, la extinción del cometa podía provocar la congelación del individuo, aparte de privarle de alimentos cocidos.
Todos llevaban siempre zurrones sobre la espalda o colgados del cinto, donde almacenaban combustible para los cometas. Durante el día, los labradores que trabajaban en los campos los utilizaban para cocinar hortalizas, aves y pescados. Cuando caía la noche, los hombres y los chicos que volvían a casa los blandían con todas sus fuerzas y los lanzaban en dirección al cielo, ardiendo furiosamente, como rojos discos voladores. Los cometas describían grandes arcos y sus colas ígneas marcaban su trayectoria. De ese hecho provenía su nombre. Se parecían realmente a los cometas del firmamento, de colas llameantes, cuya aparición, explicaba Olga, presagiaba guerra, peste y muerte.
Era muy difícil conseguir una lata para el cometa. Para encontrarlas había que ir a las vías del ferrocarril por donde circulaban transportes militares. Los campesinos de la región impedían que los forasteros las recogieran y exigían un precio muy elevado por las que ellos encontraban. Las comunidades asentadas a ambos lados de las vías luchaban por las latas. Todos los días enviaban grupos de hombres equipados con sacos para cargar todas las latas visibles y armados con hachas para ahuyentar a los competidores.
Olga me entregó mi primer cometa, que ella había recibido como pago por tratar a un paciente. Lo cuidaba con esmero, martillando los agujeros que amenazaban con ensancharse demasiado, alisando las abolladuras y puliendo el metal. Ante la preocupación de que me robaran mi único tesoro, enrollé a mi muñeca parte del alambre del asa, y nunca me separaba de él. El fuego vivo, centelleante, me llenaba con un sentimiento de seguridad y orgullo. Nunca perdía la oportunidad de cargar en mi zurrón los combustibles adecuados. A menudo, Olga me enviaba al bosque en busca de ciertas plantas y hierbas con propiedades curativas, y yo me sentía perfectamente a salvo porque llevaba el cometa conmigo.
Pero ahora Olga estaba lejos y yo no tenía el cometa. Temblaba de frío y de miedo, y la sangre manaba de los cortes que las hojas agudas de los juncos habían abierto en mis pies. Desprendí de mis muslos y pantorrillas las sanguijuelas que se hinchaban visiblemente a medida que me succionaban la sangre. Sobre el río descendían largas sombras retorcidas, y por las orillas tenebrosas reptaban ruidos ahogados. En los crujidos de las gruesas ramas de las hayas, en el susurro de los sauces que arrastraban sus hojas por el agua, me parecía oír las imprecaciones de los seres místicos de los que me había hablado Olga. Asumían configuraciones insólitas, ofidias y de facciones puntiagudas, con cabeza de murciélago y cuerpo de serpiente. Y se enroscaban en torno a las piernas del hombre, sustrayéndole la voluntad de vivir hasta que se sentaba sobre el suelo, para sumirse en un letargo sin despertar. A veces había visto esas serpientes de formas extrañas en los establos, donde aterrorizaban a los animales y los hacían mugir sobresaltados. Se decía que chupaban la leche de las vacas o que, peor aún, se introducían en ellas y devoraban todo el forraje que éstas habían tragado, hasta hacerlas morir de hambre.
Atravesando los juncos y el césped alto, eché a correr en dirección opuesta al río, abriéndome paso entre barricadas de matorrales enmarañados, agachándome mucho para deslizarme bajo murallas de ramas colgantes, casi clavándome en las cañas y espinas aguzadas.
Una vaca mugió a lo lejos. Trepé rápidamente a un árbol, y al otear desde allí la campiña vi un parpadeo de cometas. Eran los pastores que regresaban a casa desde los campos. Avancé cautelosamente en esa dirección, escuchando a su perro que se acercaba a mí entre la maleza.
Las voces estaban muy próximas. Obviamente había un sendero detrás del espeso follaje. Oí las pisadas de las vacas y los gritos de los jóvenes pastores. De vez en cuando algunas chispas de sus cometas iluminaban el cielo oscuro y luego se perdían zigzagueando en la nada. Los seguí a lo largo de los matorrales, resuelto a atacarlos y a apoderarme de un cometa.
El perro que los acompañaba olfateó mi presencia varias veces. Se internaba en los arbustos, pero evidentemente no se sentía muy seguro en la oscuridad. Cuando yo siseaba como una serpiente retrocedía hasta el sendero, gruñendo esporádicamente-. Los pastores intuyeron el peligro, se callaron y permanecieron atentos a los ruidos del bosque.
Me aproximé al sendero. Las vacas casi rozaban con sus flancos las ramas detrás de las cuales me había ocultado. Estaban tan cerca que podía olerías. El perro ensayó una nueva incursión, pero el siseo lo espantó nuevamente.
Cuando las vacas se arrimaron más a mí, pinché a dos de ellas con una vara puntiaguda. Mugieron fuertemente y se echaron a trotar seguidas por el perro. Entonces lancé un aullido largo y vibrante y le pegué en la cara al pastor más próximo. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que ocurría, le arrebaté el cometa y desaparecí corriendo entre los matorrales. . Los otros chicos, asustados por el tétrico alarido y por el pánico de las vacas, huyeron en dirección a la aldea, arrastrando con ellos al pastor aturdido. Yo me interné más profundamente en el bosque, humedeciendo el fuego brillante del cometa con algunas hojas frescas.
Cuando estuve a suficiente distancia, soplé en el interior de la lata. Su resplandor atrajo miríadas de raros insectos desde la oscuridad. Vi brujas colgadas de los árboles. Me miraban fijamente, tratando de desviarme y desorientarme. Oí nítidamente los estremecimientos de las almas errantes que habían abandonado los cuerpos de pecadores penitentes. El fulgor rojizo del cometa me mostró cómo los árboles se encorvaban sobre mí. Oí las voces quejumbrosas y los movimientos extraños de fantasmas y vampiros que pugnaban por salir del interior de los troncos.
De trecho en trecho veía cortes en los troncos de los árboles. Recordé lo que me había dicho Olga: esos cortes los practicaban los campesinos que deseaban lanzar maleficios contra sus enemigos. Al hincar el hacha en la pulpa jugosa del árbol, había que pronunciar el nombre de la persona odiada e imaginar su rostro. Así, el tajo le acarreaba la enfermedad y la muerte. Los árboles que me rodeaban ostentaban abundantes cicatrices. Allí la gente debía de tener muchos enemigos, y ponía mucho empeño en causarles desgracias.
Asustado, balanceé frenéticamente el cometa. Vi sucesiones interminables de árboles que me hacían reverencias obsequiosas, invitándome a internarme cada vez más entre sus apretadas filas.
Tarde o temprano debería aceptar su invitación. Quería mantenerme alejado de las aldeas que se extendían junto al río.
Seguí adelante, firmemente convencido de que los hechizos de Olga terminarían por conducirme de nuevo junto a ella. ¿Acaso no repetía siempre que si yo intentaba huir embrujaría mis pies y los obligaría a caminar hacia ella? No tenía nada que temer. Una fuerza desconocida, que procedía de las alturas o de mi interior, me guiaba inexorablemente hacia la vieja Olga.
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Andreï MAKINE - La mujer que esperaba

Notapor sydneywell el 01 Jul 2011, 00:31

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Un día cometí la imprudencia de preguntarle cómo podía saber si la mujer estaba dispuesta a aceptar mis proposicíones o no. «¿Si falla o no falla?», exclamó dando un golpe de volante. «Pues mira, la mar de sencillo, tu sólo tienes que hacerle una pregunta, una sola... » Como buen comediante alargó la pausa, visiblemente satisfecho de poder instruir a un joven pánfilo. «Sólo necesitas saber lo siguiente: ¿come arenque ahumado?»
—¿Arenque? ¿Por qué arenque?
— Pues porque si come arenque, tendrá sed.
—¿y qué?
—y si tiene sed, beberá mucha agua.
—No entiendo...
—Si bebe agua, meará, ¿no?
—Bueno, ¿y qué?
—Pues que si mea, tendrá sexo.
—Eso está claro, pero...
—jY si tiene sexo, fallará!
Soltó una larga carcajada que ahogó el ruido del motor, me asestó varias palmadas en el hombro, y se olvidó de la carretera barrida por la borrasca. Era precisamente el día de la primera nevada, a primeros de septiembre. Acabábamos de llegar a un pueblo que parecía desierto y que no reconocí. Ni las isbas transfiguradas por placas de copos, ni las orillas del lago totalmente tapizadas de blanco.
Otar frenó, cogió un cubo y se dirigió hacia un pozo. Su camión antediluviano consumía singularmente tanta agua como gasolina. «Como esa tía que come arenque ahumado», bromeó guiñándome el ojo.
Íbamos a ponemos en marcha cuando aparecieron.
Dos mujeres, una alta más bien joven y una anciana muy menuda, subían la cuesta que llevaba del lago a la carretera. Acababan de tomar un baño en la minúscula isba cuya chimenea todavía dejaba escapar un velo de humo. La anciana caminaba con dificultad, luchando contra las ráfagas de viento, volviendo la cara para protegerse de la nieve. Su acompañante parecía que casi la llevaba en volandas. Vestía un largo capote militar, el que se ponía antaño el cuerpo de caballería. Iba descubierta (tal vez, sorprendida por la nieve, le había dejado el chal a la anciana), y su cuello, bajo la gruesa tela del cuello del abrigo, tenía una finura casi infantil. Al salir a la carretera doblaron hacia el pueblo y de pronto las tuvimos de cara. En ese momento una ráfaga más brusca levantó uno de los faldones del largo capote de caballería y, por un instante, vimos la blancura del pecho, que la mujer se cubrió rápidamente estirando con impaciencia la solapa del capote.
Otar, sin arrancar, miraba fijamente por la portezuela abierta. Yo esperaba que comentase algo mientras recordaba sus palabras: «Los pechos se hinchan con el baño... ». Estaba seguro de que se descolgaría con cualquier comentario jocoso y procaz de ese calibre. y por primera vez presentía que esa frase, aun festiva y campechana, me resultaría desagradable.
Pero no se movía, con las manos pegadas al volante, los ojos clavados en las dos sombras femeninas que iban desvaneciéndose bajo la borrasca...
Su voz resonó al mismo tiempo que el motor del camión y las salpicaduras de barro bajo las ruedas:
—iDichosa Vera! iEsperando! ¡y esperando! ¡Siempre esperando!... i Se ha fastidiado la vida con tanta espera! A él lo mataron o desapareció, lo mismo da. Se llora, pase, se toma uno una buena copa de vodka, pase, se lleva luto, perfecto, es la costumbre, pero luego hay que seguir viviendo. Qye la vida sigue, icoño! Tenía dieciséis años cuando él se marchó al frente, en el 45, y desde entonces sigue esperando porque no ha recibido ningún papel fiable sobre la muerte del tipo. Se ha enterrado aquí con todas esas viejas, que a todo el mundo le importan un pimiento, y va a recogerlas medio muertas al fondo del bosque. y espera... Treinta años hace, ijoder! Y ya ves lo guapa que está todavía... —Calló; luego me lanzó una mirada feroz y exclamó con voz enconada—: iEsta historia no tiene nada que ver con el arenque ahumado, gilipollas!
Estuve a punto de replicarle con el mismo tono, pensando que el insulto iba dirigido a mí, pero no dije nada. La desesperación con la que golpeó el volante con la palma de las manos mostraba que con quien estaba enfadado era consigo mismo. Su rostro, tan moreno, se había tornado gris. Advertí que se negaba violentamente a comprender a aquella mujer y que al mismo tiempo, como auténtico montañés, aquella espera le inspiraba el respeto casi sagrado que debe profesarse a un voto, a un juramento...
Guardamos silencio hasta la ciudad, la cabeza de distrito, donde me apeé. En la plaza central, cubierta de nieve cenagosa, una pareja de recién casados, rodeada de sus allegados, descendía por la escalinata de un edificio administrativo para acomodarse en el coche que encabezaba un cortejo de vehículos adornados con cintas. En el cielo, por encima del tejado plano y de la bandera descolorida, pasaba un triángulo de ocas salvajes.
—Mira, al fin y al cabo, puede que tenga razón Vera —me dijo Otar respondiendo a mi apretón de mano—. Y además, ni tú ni yo somos quiénes para juzgarla.
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Re: trozos de textos

Notapor zenon el 02 Jul 2011, 09:58

Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje.


Walter Benjamin, Infancia en Berlín hacia 1900.

Me gusta mucho ese comienzo.
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Re: trozos de textos

Notapor sydneywell el 06 Sep 2011, 14:21

me vuelven loca los comienzos perfectos.

este es uno

"lo mejor que le puede pasar a un cruasán es que lo unten con mantequilla." (pablo tusset - "lo mejor que le puede pasar a un cruasán" ).

y tambien los finales.

"en cualquier caso, es sabido lo mal que se me da entender el argumento de las peliculas, asi que, por si me he despistado y algo no ha quedado claro, atendere a preguntas en pablomiralles@hotmail.com.
miro el correo a diario.
" (lo mismo)
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Re: trozos de textos

Notapor sydneywell el 06 Sep 2011, 14:25

otro comienzo impactante:

CHARLES BUKOWSKI - La Máquina de follar

Tres mujeres
Linda y yo viví­amos justo frente al parque McArthur, y una noche que estábamos bebiendo vimos por la ventana que caí­a un hombre; una visión extraña, parecí­a un chiste, pero no era ningún chiste pues el cuerpo se estrelló en la calle. «¡dios mío!», le dije a Linda, «¡se espachurró como un tomate pasado! ¡no somos más que tripas y mierda y material pegajoso! ¡ven! ¡ven! ¡mí­ralo! ». Linda se acercó a la ventana, luego corrió al baño y vomitó. luego volvió. me volví y la miré. ¡«te lo digo de veras, querida, es exactamente igual que un gran cuenco de espaguettis y carne podrida, aderezado con una camisa y un traje rotos!». Linda volvió corriendo al baño y vomitó otra vez.


muy bukowski.
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Re: trozos de textos

Notapor garcialuci el 06 Sep 2011, 14:43

Madre mia!!!! :o
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Re: trozos de textos

Notapor sydneywell el 06 Sep 2011, 15:04

eso. todo el mundo dice lo mismo al topar con bukowski. :D
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Re: trozos de textos

Notapor sydneywell el 06 Sep 2011, 15:13

El primer comienzo que me dío en la cabeza como un martillo:

"Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé." (el extranjero - albert camus)

y mira que maravilla. a ver quien no se queda con ojos saltones al abrir el libro!

"Al otro lado del Monte Veldo, en el callejón de Bocciari, cerca de la Santa Trinidad, estaba il bordello dil Fauno Rosso, la casa de putas más cara de Venecia, cuyo esplendor no tenía competencia en todo el Occidente. La atracción del burdel era Mona Sofía, la puta mejor cotizada de Venecia y, por cierto, la más espléndida de Occidente. Superior, aun, a la legendaria Lenna Grifa. Igual que ella, recorría las calles de Venecia tendida sobre un palanquín llevado por dos esclavos moros. Igual que Lenna Grifa, Mona Sofía llevaba a los pies del palanquín una perra de Dalmacia y un papagayo al hombro. Según podía constatarse en el catalogo di tutte le puttane del bordello con il lor prezzo , su nombre aparecía impreso en letras destacadas y, en números más notables todavía, el precio: diez ducados, esto es, seis ducados más cara que la misma legendaria Lenna Grifa. En el catálogo, de muy prolija factura, que se editaba para viajeros selectos, nada decía, desde luego, de sus ojos verdes como esmeraldas, ni de sus pezones duros como almendras cuyo diámetro y tersura se dirían los del pétalo de una flor —si la hubiese— que tuviera el diámetro y la tersura de los pezones de Mona Sofía. Nada decía de sus muslos firmes de animal, torneados como la madera, ni de su voz de leño ardiendo. Nada decía de sus manos que, de tan pequeñas, parecían no abarcar el diámetro de una verga, ni de su boca mínima en cuya cavidad se hubiera dicho imposible acoger el volumen de un glande inflamado. Nada decía de su talento de puta, capaz de erguírsela a un anciano desahuciado." (el anatomista - federico andahazi )

y un comienzo descomunal de eduardo mendoza:
"Que los dioses te guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el hado nos envía, la diarrea es la más pertinaz y diligente." (El asombroso viaje de Pomponio Flato)

el final, a medida:
" Condenado a permanecer no sé por cuánto tiempo en esta tierra ignota, donde reina un frío terrible y la noche es continua, recuerdo a veces los hechos de que fui testigo en Galilea y me pregunto si realmente ocurrieron o si fueron fruto de la fantasía morbosa producida por mi enfermedad. Sea lo que sea, en definitiva poco importa, porque sólo esto tengo por cierto: que dentro de unos años será como si nada hubiera existido, y nadie se acordará de Jesús, María y José, como nadie se acordará de mí, ni de ti, Fabio, pues todo decae, desaparece y se pierde en el olvido, salvo la grandeza inmarcesible de Roma."
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