trozos de textos

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"El libro de mi madre" - Albert Cohen

Notapor petcalent el 07 Feb 2012, 17:59

Hijos de madres aún vivas, no olvidéis que vuestras madres son mortales. No habré escrito en vano si uno de vosotros, tras leer mi canto de muerte, se muestra más dulce con su madre, una noche, acordándose de mí y de la mía. Sed dulces cada día con vuestra madre. Amadla mejor de lo que yo supe amar a la mía. Que cada día le deis una alegría, eso os digo amparado en mi dolor, gravemente desde el peso de mi luto. Estas palabras que os dirijo, hijos de las madres aún vivas, son el único pésame que a mí mismo puedo darme. Mientras aún sea tiempo, hijos, mientras ella siga ahí. Apresuraos, que pronto reinará la inmovilidad en su faz de imperceptible sonrisa virginal. Pero os conozco, y nada os sustraerá a vuestra loca indiferencia mientras vuestras madres sigan vivas. Ningún hijo sabe de verdad que su madre ha de morir, y todos los hijos se enfadan y se impacientan con sus madres, locos que no tardan en recibir su castigo.
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Re: trozos de textos

Notapor Rosario Ramos el 24 Feb 2012, 16:17

Petcalent:

Ese trozo sí que es impactante. Si esa pequeña parte es así, ¿cómo será toda la novela?

Saludos
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Re: trozos de textos

Notapor Gleowine el 10 May 2012, 10:54

sydneywell escribió:me vuelven loca los comienzos perfectos...


Pues mira este: comienzo de la Reina del Sur de Reverte...un libro entero, una historia entera en una línea:


"Sonó el teléfono y supo que la iban a matar..." :o


Te hace volar la imaginación y provoca mis posibles situaciones...para mi gusto nunca escribirá una línea más lograda


:D
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L.N.Tolstói - Ana Karenina

Notapor sydneywell el 07 Jun 2012, 12:48

explicación: estamos en la parte donde esteban arkadievich decide que necesita más dinero para mantener su estilo de vida. leyendo lo que sigue, me huele que hoy en día, esteban arkadievich sería consejero en Bankia.
el parrafo siguiente me ha matado.
de verdad. os esta hablando un zombi, nada más. :D


Existían puestos de todas las categorías, desde mil hasta cincuenta mil rubios de sueldo anual. El que quería Esteban Arkadievich era el de miembro de la Comisión de las Agencias Reunidas de Balances de Crédito Mutuo y de los Ferrocarriles del Sur. Este puesto, como todos los de esta índole, exigía unos conocimientos y una actividad tales como difícilmente podían hallarse en un hombre solo. Como este hombre no se encontraba, procuraban al menos encontrar para ellos un hombre «honrado» . Esteban Arkadievich, no sólo era un hombre honrado, sino un honradísimo hombre, con la especial significación que tiene esta palabra en Moscú cuando dicen «honradísimo hombre de acción», «honradísimo escritor», «honradisima institución» «honradísima dirección de ideas», lo que significaba que la institución o el hombre, no sólo son probos, sino también, si llegare el caso, capaces de oponerse al propio Gobierno.
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Re: trozos de textos

Notapor akakor123 el 27 Jun 2012, 22:06

Amate a ti mismo antes que nada y cuando lo hagas de verdad,podras amar a los demas y el Amor fluira hacia ti como lo hace la respiración (druidaA) :D
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Re: trozos de textos

Notapor sydneywell el 29 Jun 2012, 13:28

akakor123, creo que no entendiste el propósito de este tema.
aquí publicamos citas impactantes de ficción. (novela, prosa corta).
para publicar este dicho, o "mantra" o cita inspiradora (llamala como quieres), mejor abres un tema en "Varios". o añades el autor y también de que novela has tomado la cita. (aunque apuesto que no es de ninguna novela).
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Re: trozos de textos

Notapor joseantonioxl el 05 Jul 2012, 10:04

¿Y que les parece este final?
Me fuí, como quien se desangra. "Don segundo Sombra"
Con los pobres de la tierra
quiero yo mi suerte echar.
José Martí.
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KUNDERA, Milan - La inmortalidad

Notapor sydneywell el 23 Jul 2012, 10:41

—La época actual se lanza sobre todo lo que alguna vez fue escrito para convertirlo en películas, programas de televisión o imágenes dibujadas. Pero como la esencia de la novela consiste precisamente sólo en lo que no se puede decir más que mediante la novela, en cualquier adaptación no queda más que lo inesencial. Si un loco que todavía sigue escribiéndolas quiere hoy salvar sus novelas, tiene que escribirlas de tal modo que no se puedan adaptar o, dicho de otro modo, que no se puedan contar.
El no estaba de acuerdo:
—Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. ¡Puedo contar con el mayor placer, en cuanto me lo pidas, desde el principio hasta el final!
—Yo soy como tú y tampoco permito que nadie se meta con Alejandro Dumas —dije—. Pero lamento que casi todas las novelas que alguna vez se han escrito sean demasiado obedientes a la regla de la unidad de la acción. Quiero decir con eso que su base es una única cadena de actos y acontecimientos unidos por una relación causal. Esas novelas se parecen
a una calle estrecha por la que alguien hace correr a latigazos a los personajes. La tensión dramática es la, verdadera maldición de la novela, porque lo convierte todo, incluidas las páginas más hermosas, incluidas las escenas y las observaciones más sorprendentes, en meros escalones que conducen al desenlace final, en el que está concentrado el sentido de todo lo que antecedía. La novela se consume en el fuego de su propia tensión como un fardo de paja.
—Al oírte —dijo con cautela el profesor Avenarius—, me temo que tu novela sea aburrida.
—¿Acaso todo lo que no sea una loca carrera en pos de un desenlace final es aburrido? Cuando masticas este magnífico muslo, ¿te aburres? ¿Tienes prisa por llegar al final? Al contrario, quieres que el pato penetre dentro de ti lo más lentamente posible y que su sabor no se acabe nunca. Una novela no debe parecerse a una carrera de bicicletas, sino a un banquete con muchos platos. Yo tengo ya unas ganas tremendas de empezar la sexta parte. En la novela aparecerá un personaje completamente nuevo. Y al final de esa parte se irá tal como vino y no quedará de él ni huella. No es la causa de nada y no producirá efecto alguno. Y eso es precisamente lo que me gusta. Será una novela dentro de la novela y la historia erótica más triste que jamás haya escrito. Hasta tú te vas a poner triste.
Avenarius permaneció un momento en silencio sin saber qué hacer y luego me preguntó amablemente:
—¿Y cómo se va a llamar esa novela tuya?
—"La insoportable levedad del ser".
—Creo que eso ya lo escribió alguien.
—¡Yo! Pero me equivoqué con el título. Tenía que haber sido para la novela que estoy escribiendo ahora.
Después nos callamos y nos concentramos en el sabor del vino y el pato.
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Biografía: cadena de acontecimientos que consideramos importantes para nuestra vida. Pero ¿qué es importante y qué no lo es? En vista de que no lo sabemos (y de que ni siquiera se nos ocurre plantearnos una pregunta tan estúpidamente sencilla) aceptamos como importante lo que consideran importante los demás, por ejemplo el empresario que nos obliga a rellenar unos formularios: fecha de nacimiento, profesión de los padres, estudios, cambios de empleo y lugar de residencia (en mi antigua patria añadían: pertenencia al partido comunista), bodas, divorcios, nacimiento de los hijos, enfermedades graves, éxitos, fracasos. Es terrible pero es así: hemos aprendido a ver nuestra propia vida según la visión que de ella nos dan los formularios burocráticos o policiales.
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Agnes recuerda una frase de La Cartuja de Parma de Stendhal: «Fabricio se marchó; se retiró a la Cartuja de Parma». En ningún sitio de la novela aparece antes una cartuja y sin embargo esta única frase en la última página es tan importante que por ella le puso Stendhal el título a su novela; porque el verdadero objetivo de todas las aventuras de Fabricio era la cartuja; un lugar retirado del mundo y de la gente.
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Trasladado al siglo xix, ¿en qué se ocuparía un alquimista genial? ¿Qué pasaría con Cristóbal Colón hoy, cuando las rutas marinas son atendidas por cientos de empresas de transportes? ¿Que escribiría Shakespeare en una época en la que el teatro aún no existe o ha dejado de existir?
Estas no son preguntas retóricas. Cuando el hombre tiene talento para una actividad a la que ya le han sonado las campanadas de medianoche (o aún no le han sonado las de la primera hora), ¿qué ocurre con su talento? ¿Se transforma? ¿Se adapta? ¿Se convierte Cristóbal Colón en director de una empresa de viajes? ¿Escribirá Shakespeare libretos para Hollywood? ¿Producirá Picasso series de dibujos animados? O todos estos grandes talentos se harán a un lado, se irán, por así decirlo, al convento de la historia llenos de cósmica desilusión por haber nacido fuera de tiempo, fuera de la época que es la suya, al margen del cuadrante para cuyo tiempo fueron creados? ¿Abandonarán su impuntual talento tal como Rimbaud abandonó a los diecinueve años la poesía?

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—Recuerdo otro nombre más —le dijo—. La llamé la muchacha gótica.
—¿Muchacha gótica yo?
Nunca la había llamado así. Aquellas palabras se le habían ocurrido hacía un momento, mientras iban juntos por la alameda hacia la cafetería. Su manera de andar le traía a la memoria los cuadros góticos que había estado mirando aquella misma tarde en el palacio Barberini. Él continuó:
—Las mujeres de los cuadros góticos llevan al andar el vientre hacia delante. Y la cabeza gacha. Su manera de andar es la manera de andar de una doncella gótica. La mujer que tañe el laúd en las orquestas angelicales. Sus pechos están orientados hacia el cielo, su vientre está orientado hacia el cielo, pero su cabeza, que sabe de la vanidad de todo, mira hacia el polvo.

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A las manos de Rubens llegó un viejo álbum de fotografías del presidente norteamericano John Kennedy: todas fotografías en color, al menos cincuenta, y el presidente en todas (¡en todas sin excepción!) se reía. ¡No sonreía, se reía! Tenía la boca abierta y enseñaba los dientes. No había en ello nada fuera de lo corriente, así son las fotografías de hoy, pero quizás el que Kennedy riera en todas las fotografías, que ni en una de ellas tuviera la boca cerrada, sorprendió a Rubens. Unos días más tarde llegó a Florencia. Estaba ante el David de Miguel Ángel y se imaginaba aquel rostro de mármol riendo como Kennedy. ¡David, ese modelo de belleza masculina, habría parecido un imbécil! A partir de entonces imaginaba a los personajes de los cuadros famosos riendo; era un experimento interesante: ¡la mueca de la risa era capaz de destruir cualquier cuadro! ¡Imagínense a la Mona Lisa, con su sonrisa apenas perceptible convirtiéndose en una risa que pone al descubierto los dientes y las encías!
Pese a que nunca había pasado en otro sitio tanto tiempo como en las galerías, tuvo que esperar a ver las fotografías de Kennedy para darse cuenta de una cosa tan sencilla: los grandes pintores y escultores, desde la Antigüedad hasta Rafael y quizás hasta Ingres, evitaron dar forma a la risa e incluso a la sonrisa. Claro, todos los personajes de las estatuas etruscas sonríen, pero esa sonrisa no es una reacción mímica a la situación del momento, sino un estado duradero del rostro, que expresa la eterna beatitud. Para un escultor de la Antigüedad o para un pintor posterior, un rostro hermoso sólo era imaginable en su inmovilidad.
Los rostros perdían su inmovilidad, las bocas se abrían, sólo cuando el pintor quería captar el mal. El mal del dolor: los rostros de las mujeres inclinadas sobre el cuerpo de Jesús; la boca abierta de la madre en La matanza de los inocentes de Poussin. O el mal del vicio: el Adán y Eva de Holbein. Eva tiene la cara hinchada y la boca entreabierta, de modo que se ven los dientes que acaban de morder la manzana. Adán a su lado es aún el hombre antes del pecado: es bello, en su rostro hay serenidad y la boca está cerrada. ¡En el cuadro de Correggio llamado Alegoría del vicio todos sonríen! Para expresar el vicio, el pintor tenía que modificar la inocente serenidad del rostro, estirar la boca, deformar los rasgos mediante la sonrisa. En ese cuadro sólo hay una figura que ríe: iun niño! ¡Pero no es la sonrisa de felicidad que enseñan los niños en las fotografías publicitarias de pañales o chocolates! ¡Ese niño se ríe porque está corrompido!
Es con los holandeses cuando la risa se vuelve inocente: el Bufón de Hals o su Gitana. Porque los pintores costumbristas holandeses son los primeros fotógrafos; los rostros que dibujan están al margen de la fealdad y la belleza. Cuando paseaba por la sala de los holandeses, Rubens pensaba en la mujer que toca el laúd y se decía: La mujer que toca el laúd no es un modelo para Hals; la mujer que toca el laúd es un modelo para los pintores que buscaban la belleza en la superficie inmóvil de los rasgos. Después lo empujaron varios visitantes; todos los museos estaban repletos de una multitud de mirones, como en otros tiempos los jardines zoológicos; los turistas, hambrientos de atracciones, observaban los cuadros como a fieras enjauladas. La pintura, se decía Rubens, está fuera de sitio en este siglo, igual que lo está la mujer que toca el laúd; la mujer que toca el laúd pertenece a un siglo muy anterior, en el que la belleza no sonreía. Pero ¿cómo explicar que los grandes pintores hayan expulsado la risa del reino de la belleza? Rubens se dice: sin duda un rostro es bello porque se nota en él la presencia del pensamiento, mientras que en el momento de la risa el hombre no piensa. Pero ¿eso es verdad? ¿No es la risa el rayo del pensamiento que acaba de comprender lo cómico? No, se dice Rubens, en el instante en que comprende lo cómico, el hombre no se ríe; la risa viene a continuación como una reacción física, como un espasmo en el que ya no hay pensamiento alguno. La risa es un espasmo del rostro y en el espasmo el hombre no se gobierna a sí mismo, lo gobierna algo que no es ni la voluntad ni la razón. Y ése es el motivo por el cual el escultor antiguo no plasmaba la risa. Un hombre que no se gobierna a sí mismo (un hombre al margen de la razón, al margen de la voluntad) no podía ser considerado bello.
Si, contradiciendo el espíritu de los grandes pintores, nuestra época hizo de la risa el aspecto privilegiado del rostro humano, eso significa que la ausencia de voluntad y razón se ha convertido en el estado ideal del hombre. Podría objetarse que el espasmo que nos muestran las imágenes fotográficas es simulado y por lo tanto razonado y voluntario: el Kennedy que ríe frente al objetivo no reacciona ante una situación cómica sino que con plena conciencia abre la boca y deja al descubierto los dientes. Pero eso no hace más que demostrar que el espasmo de la risa ha sido elevado por las gentes de hoy a la categoría de imagen ideal, tras el cual decidieron ocultarse.
Rubens se dice: la risa es la más democrática de todas las apariencias del rostro: con nuestros rasgos inmóviles unos nos diferenciamos de los otros, pero en el espasmo somos todos iguales.
Un busto de Julio Cesar que ríe a carcajadas es impensable. Pero los presidentes norteamericanos parten hacia la eternidad ocultos tras el espasmo democrático de la risa.

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Cuando alguien muere en la pantalla de cine, se oye inmediatamente una música elegiaca, pero cuando en nuestra vida muere algún conocido, no se oye música alguna. Hay muy pocas muertes que sean capaces de hacernos estremecer profundamente, dos o tres en la vida, más no.
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eduardo mendoza - nueva york

Notapor sydneywell el 02 Ago 2012, 09:22

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Sorbo el café mirando pasar la gente a través de la cristalera: contra la masa gris, apresurada y algo cansina se define repentinamente alguna mujer que atrae mi atención. Estas mujeres, que cruzan el ámbito de la cristalera con paso decidido, mandíbulas apretadas, espalda erguida y braceo enérgico llevan pintada en los ojos una determinación que unas veces deja paso a la avidez y otras al vértigo. Todas visten con pulcra uniformidad: traje chaqueta gris o beige y blusa de seda escarolada, aunque nunca falte un detalle que sugiere prendas íntimas delicadas, de colores suaves y adornos de encaje. En una mano llevan un bolso de piel donde guardan los objetos distintivamente femeninos: pintalabios, polvera, cepillo de púas de alambre, atomizador de perfume; en la otra mano en cambio llevan una cartera que contiene sus instrumentos de trabajo: la agenda, la calculadora, el memorando que deberán leer hoy sin falta. Algunas llevan esta cartera colgada del hombro y en la mano libre, una bolsa ordinaria de plástico en la que van los zapatos; para caminar usan un calzado deportivo, de suela dentada, que contrasta brutalmente con el resto del atuendo y que en la oficina han reemplazado por el zapato italiano de lagarto y medio tacón que ahora viaja en la bolsa; otras prefieren llevar unas botas altas, de cuero o de ante con cremallera. Unas y otras son mujeres duras en el trabajo, al que llegan siempre con puntualidad inalterable, duchadas, pintadas, maquilladas y compuestas, sin atisbo de sueño o de cansancio en el semblante; en el desempeño de sus funciones dan pruebas de poseer un gran poder de concentración, a diferencia de los hombres, a los que se les suele ir el santo al cielo; también poseen un dominio admirable del teléfono, que sostienen con seguridad entre la clavícula y la oreja y por el que pueden hablar tanto rato como haga falta sin mostrar fatiga, deletreando si es preciso textos larguísimos y enrevesados sin perder el ritmo ni cometer un solo error. Estas mujeres por lo general viven solas, salvo por períodos cortos, en los que albergan en su apartamento a un hombre que las hace sufrir y no les es constante. Comen con frugalidad y hacen ejercicio físico con obstinación, pero fuman sin cesar y a partir de cierta hora beben hasta que la voz se les vuelve pastosa. Sus apartamentos están siempre limpios y ordenados; a base de insistir, de haber estudiado la letra pequeña del contrato de inquilinato y de saber al dedillo las prerrogativas que les confiere la ley, consiguen que el casero o la empresa arrendataria del apartamento repare todas las averías a su costa e incluso que haga pintar el apartamento cada tres años. La decoración de los apartamentos, que han hecho ellas mismas después de haber examinado todas las revistas especializadas, es discreta y confortable. Si pueden compran antigüedades a buen precio en las subastas; de lo contrario, eligen muebles funcionales, de madera clara. En los jarros hay flores frescas o secas y en los marcos, fotografías de grupos familiares y niños ajenos. No son partidarias de las plantas de interior y puestas a tener animales, prefieren los gatos a los perros. Tienen una o dos amigas íntimas con las que hablan a diario por teléfono. Acuden dos veces por semana a un psicoanalista con el que ya llevan varios años en una terapia cuyo final no prevén próximo. Siguen teniendo amores turbulentos con hombres casados que acuden a sus apartamentos acosados por la mala conciencia, con una botella de vino caro o una caja de chocolates oculta bajo el abrigo, temerosos sin motivo de que les delate el portero, ante quien fingen ser visitantes fugaces al entrar y a quiénes saludan con voz afectada y gesto cuartelario al salir, varias horas más tarde. A estas mujeres se las puede ver en los bares, en compañía de hombres silenciosos y hoscos o solas, con la mirada prendida de la llamita de la vela que arde en el centro de la mesa, en cuya superficie tamborilean mientras lanzan miradas furtivas al reloj; también saliendo de consultorios médicos con paso inseguro, en un estado que a simple vista podría tomarse por embriaguez. Toman vacaciones fuera de temporada, impulsivamente; entonces se van a un lugar del trópico del que regresan morenas y verdaderamente rejuvenecidas. Al llegar a cierta edad se someten a operaciones de cirugía estética. Por las noches duermen mal, pasan largas horas viendo la televisión y leen novelones de ínfima calidad para distraerse, aunque sus gustos literarios son refinados y sus opiniones, siempre acertadas. En el trato son ingeniosas, cariñosas y perspicaces. A veces ante un desconocido bajan la guardia y rompen a llorar con desesperación. A muchas de ellas las arrebata prematuramente una enfermedad fulminante que sobrellevan con gran entereza y en la más rigurosa soledad.
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BRYSON, Bill - En casa

Notapor sydneywell el 06 Ago 2012, 09:30

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Nos olvidamos de lo dolorosamente oscuro que era el mundo antes de la electricidad. Una vela —una buena vela— proporciona apenas una centésima parte de la luz que genera una única bombilla de cien vatios. Abra la puerta de la nevera y tendrá más luz que la cantidad total de iluminación de la que disfrutaban la mayoría de hogares en el siglo XVIII. Durante la mayor parte de la historia, el mundo por la noche era un lugar tremendamente oscuro.

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Los criados constituían una clase de seres humanos cuya existencia estaba básicamente consagrada a asegurar que los integrantes de otra clase de seres humanos tuviera al alcance de la mano todo lo que deseaba en el momento en que se le ocurriera desearlo. Los receptores de esta atención se convirtieron en seres inconcebiblemente mimados. En la década de 1920, el décimo duque de Marlborough fue a visitar a su hija a su casa, una vivienda demasiado pequeña como para que pudieran acompañarle sus criados. Una mañana salió del baño en un estado de impotente perplejidad porque su cepillo de dientes no hacía la espuma a la que estaba acostumbrado. Resultó que su ayuda de cámara siempre le ponía el dentífrico en el cepillo y el duque ni siquiera sabía que los cepillos de dientes no se recargaban de forma automática.
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