“EL CAMINO DE MARTÍN”

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“EL CAMINO DE MARTÍN”

Notapor Jrma el 26 Abr 2020, 18:52

Martín siguió el camino: la tierra se mostraba cuajada de humedades; la brisa del otoño, fresca siempre, rozaba con su aliento la arboleda; las nubes cabalgaban las alturas. Entonces se detuvo. Miró hacia atrás de golpe y halló la luz cambiante del crepúsculo. Detrás de la colina, estaba el hórreo.
La lluvia amenazaba -no es raro que amenace, la zona es muy lluviosa-. La senda se estrechaba, poco a poco, y olía a primavera y a hermosura, tal vez como en los años de la infancia. ¿Y a qué huele la infancia? Después de tantos años, la infancia huele siempre a los recuerdos de tiempo retenido en la vivencia.
Martín era un nostálgico. Sabía que la noche tenía su misterio. Amaba las auroras y crepúsculos, hablaba con las aves como un loco, contaba sus secretos a los árboles. Los árboles le hablaban.
-Los árboles no callan -contaba a los muchachos de la villa.
Decía que las flores cantan versos… Martín y la poesía seguían de la mano momentos y caminos. Él era aquel labriego de otras épocas, distinto de la magia más moderna, con esos aparatos tan extraños. Jamás tocó un teléfono, jamás tocó un micrófono… Si acaso, vio en el chigre de Manolo jugar algún partido en blanco y negro.
Pero él era un amante de toda la poesía que escriben los paisajes. También los escuchaba, algunas veces: los duendes de los bosques, sus amigos, contábanle secretos muy curiosos; los duendes de los bosques, capaces de expresarle su duelo por un mundo que avanzaba. Y, a veces, la raitana lo decía:
-Martín, la herida es grande.
Martín le contestaba:
-Los ríos y las calas también están heridos, me lo dicen las olas, cuando bajo a los pedreros.
El mar le respondía, y las espumas. Estaba un poco loco. Existe esa demencia que llega a los más sabios de los dioses, si quedan dioses hoy en lo recóndito. Y hablaba la libélula:
-Martín, la herida es grande.
Hablaban las Asturias, las costas y los picos, las colinas, las casas, los jardines y los hórreos vencidos, moribundos, destronados.
-Martín, la herida es grande.
Martín se lamentaba. Los trasgos le contaban los sucesos y el aire, en su febril prosopopeya. El aire lo decía:
-Martín, la herida es mucha.
Martín, con su tristeza, miraba al horizonte y al crepúsculo, soñando esa niñez que no tenía, soñando con la gente que no estaba.
-El tiempo es enemigo, sin duda, de los valles.
Los viejos eucaliptos esperaban la muerte en lo lejano, sí, la muerte… Martín ya no era el mismo: la tierra de otro tiempo seguía siendo idéntica. Ya no era el que solía, el que gritaba, queriendo convocar, a media tarde, con voces, a los pájaros del monte.
Martín era un poeta y al tiempo era un filósofo: solía recordarnos que perdíamos, al ir hacia delante, lo vivido. Ponía mucho acento, si hablaba de estas cosas. Decía en ocasiones que el hombre, en su progreso, se destroza. Y él era, a su manera, un hombre sabio, de genio muy prudente, desde luego.
-Los árboles -decía- lamentan su destino: hay llantos en los ojos de los árboles, hay llantos en la voz de cada brisa.
Sintió que cada planta vivía con conciencia. Él era un hombre ingenuo: sabía que la gente de tiempos primitivos hablaba de la xana y de los cuélebres, custodios del tesoro más valioso.
-Las fábricas los matan -solía repetirnos-. Y el caso es que no es justo que acabemos con todos los tesoros de la tierra…
Martín, que respetaba la fuerza del trabajo, les dijo a los mineros -entonces en la zona había mina-, que el premio de su esfuerzo era algo lógico. Mas no dijo lo mismo a los alcaldes que hablaban de la industria. Martín odiaba el humo de todas esas fábricas que hacían que el cielo fuese siempre más oscuro. Y, viendo aquel ocaso, mirando aquel crepúsculo, Martín lloró de nuevo:
-Los trenes ya no son como en los años perdidos con la fe y con la inocencia -llegó a pensar entonces-: todo muere.
Martín volvió a su casa, su casa honrada y pobre. Los duendes le decían que su Asturias dejaba de entonar sus viejos cantos.
La noche fue cayendo. Callaron los helechos y el frío de la noche sintió el sonido fresco de la brisa. De pronto, ni el ladrido de los perros hablaba como toda la hojarasca: las hojas, si las mueve la brisa de la tarde, quizás las del crepúsculo callado, confiesan los secretos de la aldea.

2020 © José Ramón Muñiz Álvarez
Jrma
 
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