Vientos de Cambio

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Vientos de Cambio

Notapor SilvinaBSB el 10 Jun 2016, 07:24

Hola a todos, quería compartir con ustedes una historia que estuve escribiendo hasta hace poco.
Espero que la disfruten, por el momento les dejo la sinopsis.
Un saludo.

Sinopsis

Cuando una joven maestra rural, cambia de trabajo para cuidar a una niña en un ambiente diferente, las cosas se vuelven inesperadas y un poco difíciles de lidiar, sobre todo, cuando conoce al dueño de la casa, padre de la pequeña.
Nathaniel (o solo Nate) Colleman, es un hombre sencillo, básico y sobre todo rústico hombre de campo. Desde hace poco más de cuatro años no tiene contacto con ninguna mujer, no tiene tiempo para tener una relación y tampoco le interesa, por el simple hecho de no poseer sentimientos, hasta que se topa de frente con Orquídea D'Ore, y todo su mundo comienza a desmoronarse.
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Re: Vientos de Cambio

Notapor SilvinaBSB el 11 Jun 2016, 13:44

Gracias por leer la sinopsis.
Les dejo el prefacio de la novela.
Saludos.

Prefacio

Rock Springs, Wyoming

La pequeña casa rural en donde vivían solamente tres personas, se encontraba deteriorada, y vieja, por los escasos mantenimientos que eran imposibles de solventarse sin un buen trabajo estable. Lo poco que sacaban de los animales que criaba el matrimonio con su joven hija, no alcanzaba para todo lo que debían de realizar para poner en buenas condiciones la chacra. Y con los productos que vendía el padre, a duras penas llegaban a fin de mes.
Aquella tarde, madre e hija, se encontraban en el pequeño cuarto de la muchacha, terminando de acomodar la maleta de ésta última, para el viaje que emprendería para un trabajo y futuro mejor. El trabajo a duras penas se podía conseguir en el lugar dónde vivían y la joven, había sido despedida del puesto de maestra rural por falta de salario.
Sus padres no estaban de acuerdo en que su hija se fuera de la casa en donde siempre había vivido, pero sabían también, que si quería progresar, debían dejar que ella forjara su propio camino.
—Mamá, una vez que me instale en la ciudad más cercana de aquí, te lo haré saber, y si consigo trabajo pronto, sabes bien que la mitad del salario irá para ustedes.
—Solo queremos que estés bien, y no deambules por una ciudad que no conoces, cariño.
—Lo sé, pero en algún momento debía animarme a salir de aquí, y al no tener un trabajo aquí, debo buscarlo en otra parte.
—Ya lo sé, pero no es nada lindo que te vayas.
—Estaré bien, no te preocupes por mí. Ya lo hemos hablado bien los tres. No lo hagas más difícil, mamá.
—Aunque no me guste nada, sabes bien que te apoyo y quiero lo mejor para ti.
Ambas se sonrieron, y terminaron por empacar lo poco que tenía la joven en su haber.
Aquel mismo día, luego de despedirse de sus padres en la estación, tomó el autobús que la dejaría en el estado próximo.
La pobre muchacha, tan cansada que estaba, se terminó por quedar dormida durante el trayecto hacia el nuevo estado en donde estaba creída que tendría un futuro mejor. No fue horas después, cuando el propio chofer del autobús, la despertó de su siesta.
—¿Señorita? ¿Me oye? —le preguntó el hombre de mediana edad, moviéndola por el brazo.
Ella, despertó adormilada, aferrada a la maleta por si alguien intentaba robársela, hasta que se dio cuenta que alguien la estaba sacudiendo y se despertó del todo.
—¿Me quedé dormida?
—Sí, señorita, el viaje ya ha terminado, y aquí es donde debe bajarse.
—Gracias, señor. ¿Dónde estamos?
—En Colorado Springs —le dijo el hombre, y ella se restregó los ojos.
—Se suponía que debía ir a Loveland, y no aquí.
—Lo siento, pero el camino que conduce a esa ciudad, está cortado por construcción. Aquí es donde todos se han bajado ya, si necesita ir allí, tendrá que ser a pie, o que alguien la lleve hasta allá, mediante un atajo.
—No conozco a nadie.
—Entonces, es mejor que se baje en ésta ciudad, le aseguro que no se arrepentirá.
—Gracias, entonces.
Observó el panorama, una pequeña terminal de autobuses, y alrededor de aquello, la zona se encontraba árida y poco poblada.
—¿Tiene idea de cómo llegar a la ciudad?
—Tendría que tomarse un taxi, pero son un poco caros, o si no, caminar hasta allí.
—¿Cuánto me saldría el viaje?
—Poco más de cincuenta dólares.
—¡¿Cincuenta dólares?! —le preguntó más que asombrada—. Ni modo, tendré que caminar, no cuento con tanto dinero encima —le contestó y se levantó del asiento—. Muchas gracias por todo, señor. Qué tenga buen día.
—Gracias, señorita, que lo tenga lindo usted también —le respondió saludándola con el sombrero.

Colorado Springs, Colorado


Luego de haber caminado por más de dos horas con intervalos de descanso, llegó a la ciudad, caminó por las calles del centro, encontrándose de frente con un estante de hierro en la entrada de una tienda de artículos generales, en donde estaban los periódicos locales. Tomó uno en sus manos, y entró al negocio para pagar por él.
Mientras esperaba, hojeó la sección de empleos, dando enseguida con uno que le había llamado la atención.
Cuando fue su turno, para abonar el periódico, le preguntó a la mujer que atendía sobre el trabajo que se ofrecía en el anuncio.
—El anuncio que dice aquí, ¿lo puedo tomar en serio? —le preguntó ella, mostrándoselo a la encargada.
—Claro que sí —le dijo con una amable sonrisa—, el pobre hombre necesita que cuiden de su hija, y si buscas empleo, te recomiendo que lo tomes, aunque el hombre es un poco rústico, es un buen hombre después de todo, y en la pequeña ciudad, es muy querido.
—No conozco la zona, puesto que no soy de aquí, ¿sería tan amable de indicarme cómo llegó hasta allí, por favor?
—Su casa no queda muy lejos de aquí, pero para eso tienes que ir por el camino principal asfaltado. Tienes dos maneras de llegar, a pie o en autobús.
—¿El autobús me dejaría a una distancia cómoda?
—Más o menos, te deja a poco más de la mitad de camino. No es poco, pero si llevas peso contigo, se te dificultará un poco el trayecto, para que te sea más rápido en encontrar la casa, aquí tienes un pequeño mapa de la ciudad de Colorado Springs, en donde vas a poder encontrar la casa del señor Colleman, enseguida —le respondió, entregándole el mapa en sus manos.
—Gracias, ¿cuánto le debo?
—Nada, cortesía de la casa, espero que la encuentres fácil.
—Muchas gracias, eso espero yo también, la verdad es que, en estos momentos necesito el trabajo, y sinceramente, no tengo inconveniente en caminar el resto de kilómetros, una última cosa, ¿dónde puedo encontrar un teléfono público?
—A una calle de aquí tienes uno.
—Muchas gracias por su amabilidad, señora —le dijo la joven, le pagó el periódico y se retiró del lugar.
La muchacha salió hacia la calle, y divisando el teléfono público a solo una calle como le había dicho la mujer, fue hacia allí, en donde con unas pocas monedas, pudo comunicarse con sus padres.
—Hola, mamá. ¿Cómo estás?
—¡Hola, Orquídea! ¡Al fin hablas, hija! Nosotros estamos bien, ¿y tú?
—Yo acabo de llegar a Colorado Springs, y estoy bien, estoy yendo en estos momentos hacia la casa de un hombre que tiene una hija, si le parezco buena al señor, tengo trabajo de niñera, mamá.
—¿En serio? —le preguntó su madre, sin poder creer que en tan poco tiempo había conseguido trabajo.
—Sí, mamá, en serio —le respondió con una genuína sonrisa—. Debo colgar, los pulsos se me están acabando, cuando pueda, volveré a llamarte, mándale saludos a papá.
—De acuerdo, hija, ten cuidado, y nos alegramos mucho que hayas podido encontrar empleo. Saludos.
—Gracias, mamá. Hasta pronto.
La llamada se había cortado enseguida, y la joven miró el tubo del teléfono con lágrimas en los ojos. Sus ojos fueron desde el auricular que sujetaba en la mano, hacia sus uñas, unas uñas en tan mal estado, que no creía que obtuviera el empleo, no con aquellas fachas. Ni siquiera tenía bien acomodado el pelo, el cuál estaba recogido en una trenza, pero que con el viento del campo y de aquella árida ciudad, se le había arremolinado y sacado varios mechones de la trenza, dejando el peinado hecho un desastre. Solo esperaba que aquel hombre, se apiadara de ella, porque sino era el caso, no tenía manera de volver a su casa.
Terminó por colgar el tubo del teléfono, y volvió a emprender el viaje a pie, hasta ubicar aquella casa en donde necesitaban una niñera. Posterior al viaje en autobús, el camino a pie y encima llevar una maleta a cuestas, era cansador, cada media hora debía parar a descansar, para tomar aire, y refrescarse un poco la boca con el agua que tenía dentro de su cantimplora.
Había llegado prácticamente con los pies ampollados, y los labios partidos y secos del viento que le había estado golpeando en la cara en todo momento.
Pero Orquídea era, después de todo, una joven audaz y fuerte, que en pocos minutos conocería al hombre que le iba a poner patas arriba todo su mundo.
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Re: Vientos de Cambio

Notapor anacastro el 13 Jun 2016, 01:52

Excelente historia, es un buen relato. Plantea de buena manera el caso común aunque siempre interesante de alguien que llega a la vida de otros a cambiarla por completo. Digna de cualquier película sentimental. También me gusta que se toque el tema de la situación que pasan algunas personas al tener que dejar su hogar, su vida cotidiana por la necesidad de buscar mejor estilo de vida. Aunque esto implique emprender una aventura, un riesgo que no siempre puede salir bien.
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Re: Vientos de Cambio

Notapor SilvinaBSB el 14 Jun 2016, 02:19

Te agradezco un montón tu hermoso comentario. Me alegro que te guste el comienzo de la novela y hayas podido vislumbrar de a poco los matices de la historia, personajes y escenarios.
Muchas gracias a los que entraron a leer el prefacio también.
Dejo el primer capítulo.
Un saludo a todos.

Capítulo 1

La muchacha, tomó bocanadas de aire, para poder respirar con normalidad, se sentó sobre la maleta para poder descansar unos momentos, y luego levantarse para caminar hacia la puerta de entrada.
Aquella casa, o mansión, que veía frente a ella, era imposible de creer, tuvo que tragar saliva varias veces para darse cuenta que no era nada irreal. Hasta se llegó a preguntar si aquel hombre era el dueño de la ciudad de Colorado Springs, por la casa en donde vivía.
La casa era muy pintoresca, y a las afueras de la ciudad. Eso estaba muy claro, por la manera en cómo le dolían las piernas y los pies a Orquídea.
La fachada era en color blanco antiguo, con arcadas enormes que representaban la galería de una entrada principal, era de estilo colonial.
La joven tocó el timbre, y la atendió una mujer de mediana edad. Era encantadora y le sonrió al instante apenas la vió.
—Hola, buenas tardes, vengo por el empleo de niñera.
—Hola, buenas tardes, si gustas pasar, enseguida llamaré al dueño.
—Muchas gracias, señora —le dijo y la hizo pasar a la sala de estar.
La casa, era más bonita por dentro, acogedora, y la joven se sentía como en casa, a pesar de parecerle extremadamente lujosa, jamás había visto una casa como aquella, puesto que nunca había salido del campo, y aquello, para ella era una nueva experiencia, y esperaba, sobre todo, que no fuera dificultoso el trabajo tampoco. Quedó a solas por unos instantes, instantes en los cuáles miró hacia todas partes, porque le parecía desencajada en aquel lugar, solo por las pintas que tenía en aquellos momentos.
La mujer que la había atendido entró a un cuarto y habló con alguien. Pronto, la mujer salió de allí y unos cinco minutos después, Orquídea sintió el vello de sus brazos ponerse de punta y comenzó a hormiguearle el cuero cabelludo.
—Buenas tardes —le dijo una voz grave y muy masculina.
—Buenas tardes —le respondió ella y se dio vuelta para enfrentarlo.
Aquel hombre, tenía la mirada tan transparente e intimidante, que la joven se incomodó en retenerle la mirada por tanto tiempo del debido, ella intentó agachar la mirada. De alta estatura y porte recio, destilaba arrogancia, y la seriedad le salía por los poros. Su rostro era estructurado, con una mandíbula fuerte y una nariz recta que le asentaba muy bien a su rostro, portaba una boca semi carnosa, teniendo el labio inferior más grueso que el superior y un color de piel trigueña clara. Sus ojos eran los que más le llamaban la atención a Orquídea, eran de un bonito color gris claro por fuera y alrededor de la pupila eran de un verde que llamaba aún más la atención, sus ojos estaban enmarcados por unas pestañas y unas cejas negras que le quedaban muy bien con el color de sus ojos. Ella volvió a la realidad cuando él le habló con seriedad.
—Me dijo Ofelia que viene por el puesto de niñera.
—Sí, señor.
—Es usted muy joven para ser una niñera.
—No sabía que tenía que tener una cierta edad para el puesto, señor.
—¿Cuántos años tiene?
—Veintiuno, señor.
—¿Ha tratado con niños pre-adolescentes alguna vez?
—Sí —le respondió ella con total seguridad.
—Mi hija es muy reacia, no le gustan los extraños, y ya tuve que despedir a varias del puesto porque no congeniaban con ella, mi hija es muy difícil de tratar, si está dispuesta a conocerla, la llamaré.
—Sí, me gustaría conocerla, señor.
—De acuerdo —le respondió él, y enseguida nombró a la niña—, Felicity —gritó aquel nombre con autoridad—, ven aquí un momento.
Una niña de por lo menos diez años de edad apareció por el umbral de una de las puertas del pasillo. Se veía insegura y muy tímida. Dio unos pocos pasos hasta llegar a la entrada de la sala de estar, y se detuvo para mirarla detenidamente a los ojos.
—Acércate más Felicity, la señorita quiere conocerte.
—¿Puedo ir yo hasta ella? —le preguntó Orquídea.
—De acuerdo, pero le advierto que suele escaparse cuando se le acercan los extraños.
—Lo tendré en cuenta, señor.
Orquídea se acercó a ella y para el asombro de su padre, su hija se mantuvo quieta en donde estaba desde hacia escasos minutos atrás.
La joven se puso frente a ella, se puso de cuclillas y le extendió la mano.
—Orquídea —se presentó frente a la niña.
—Felicity —le dijo posando su pequeña mano sobre la suya—, no eres igual a las demás, me gustas.
—Muchas gracias.
—De nada —le dijo dándole una enorme sonrisa—, ¿puedo mostrarle mi habitación, papá?
—No todavía, tengo que hablar un par de cosas más con la señorita.
—Está bien, hasta luego entonces —le dijo y se despidió de ella con un pequeño beso en su mejilla.
La muchacha volvió a levantarse y se dio vuelta. Allí estaba él y la señora que la había recibido.
—Si tiene pensado ser su niñera entonces necesito decirle varias cosas más, si es tan amable, acompáñeme por favor —le contestó y lo siguió—, la paga es de cinco mil dólares cada quince días, estará con ella para todo lo que necesite, día y noche, madrugada y mañana también, no se tocará jamás el tema de su madre, y ni tampoco temas entorno a ella, ¿está claro? Soy estricto, y no me gustan las faltas en las personas, mi hija está en la primaria, por lo tanto la tarea la hará con usted, es la primera persona que ve agradable, con las demás que pasaron antes que usted fue todo lo contrario, le prestaban más atención al padre que a la niña, y eso, no lo tolero, no me interesan esas cosas, así qué, siéntase dichosa señorita, vivirá aquí dentro también, tendrá asignado el último cuarto del pasillo para dormir, desayunamos a las ocho, almorzamos a la una, merendamos a las cuatro y cenamos a las ocho nuevamente, si tiene hambre, Ofelia le dará algo de comer, ¿alguna pregunta o duda?
—Quejas y críticas no se aceptan, ¿verdad, señor?
—Muy astuta, señorita.
—Se lo estoy preguntando en serio, señor.
—¿Qué quiere saber?
—¿En qué momento del día o de la noche pasa con su hija?
—Eso no es de su incumbencia, señorita.
—Pues yo diría que sí, señor, y con todo respeto, me gustaría saberlo, porque mientras usted pasa algo de tiempo con su hija, me gustaría tomarme ese momento para mí.
—Su momento de estar sola será cuando la niña esté en la escuela.
—Me confirmó lo que sospechaba, gracias, señor, ¿dónde firmo?
—No hay ningún contrato.
—Se supone que lo debe haber, de donde vengo se firman contratos cuando una persona tiene un nuevo empleo.
—Y aquí, en el pueblo y en la ciudad, vale más la palabra que unas cuántas firmas sobre un contrato, y ahora dígale a Ofelia que quiere algo para comer y ella luego le mostrará su cuarto, buenas tardes, señorita.
—De acuerdo, señor Colleman.
—Veo que ya sabe mi apellido.
—La señora de la tienda de artículos generales me lo ha dicho.
—Ya veo.
—¿No preguntará nada más? Por ejemplo: de dónde provengo.
—No le veo cara de asesina, si eso le preocupa. Solo la veo muy desalineada, y sucia, por lo que debería darse una buena ducha. Pero respondiendo a su pregunta, de acuerdo, ¿de dónde viene, señorita?
—Vengo de Rock Springs.
—Wyoming.
—Así es.
—¿Y su nombre completo?
—Orquídea D'Ore.
—Tiene un apellido bastante refinado.
—Si piensa insultarme, por mi apellido y la manera en cómo me veo, entonces, prefiero irme de aquí. No le tolero que me ofenda de esa manera.
—Yo no he dicho nada.
—Pero lo piensa, y para mí, es lo mismo. Que usted se haya criado entre lujos, no le da ningún derecho a insultar a las personas que no han podido tener una vida cómoda.
—Vaya con Ofelia —le dijo, y luego clavó la vista en los papeles que tenía sobre su escritorio.
Orquídea apretó los dientes, y dando media vuelta, salió de allí antes que gritarle. Y así, sin más que decir, la despachó como un pequeño paquete. Salió de su oficina, cerró la puerta detrás de ella y se encaminó a la sala de estar nuevamente, pero creyó que estaba perdida. La niña volvió a salir de su habitación y le siguió los pasos.
—¿Buscas algo?
—Eso creo, estoy perdida, tu padre me dijo que encuentre a Ofelia.
—Sí, ven, es por aquí.
La niña sin que se lo pidiera la tomó de la mano y la condujo hacia la cocina.
—¿Tiene hambre, señorita? —le preguntó Ofelia.
—Un poco.
—Siéntese y coma algo, la niña no ha merendado todavía, así qué, si gusta la puede acompañar —le sugirió.
—Sí, porque no, yo no tengo problema en que la niña me acompañe.
—Una vez que coma algo, le mostraré su habitación y podrá acomodarse como le plazca.
—Muchas gracias.
Ofelia, le sirvió una taza llena de leche con un poco de café, y dispuso sobre la mesa varias galletas dulces caseras, y varias porciones de tarta. Las dos merendaron y Orquídea se percató, que el padre de la niña, en ningún momento transcurrida la merienda se digno a verla.
Luego de la merienda, la señora que atendía la cocina, la guió hacia su nuevo cuarto.
—Espero que sea de tu agrado, es uno de los cuartos más lindos de la casa.
—Es realmente muy bello, muchas gracias.
—Cualquier cosa que necesites, solo avísame.
—Gracias, lo haré —le respondió con una sonrisa.
Una vez que la dejó tranquila para instalarse, cerró la puerta y la niña se quedó con la joven dentro.
Se sentó arriba de la cama de dos plazas, y Felicity le dio mucha charla.
Y su padre decía que era reacia a los extraños. Yo creo que a él lo ve como un extraño por no prestarle la atención que necesita su hija —pensó Orquídea.
—¿Sabes? Dentro de poco voy a cumplir diez años.
—¿Sí? ¿Cuándo? —le preguntó ella.
—Dentro de… —le dijo y comenzó a contar con sus dedos—, mmm… dentro de diez días.
—¿Y quieres festejar tu cumpleaños?
—Sí, pero papá no quiere.
—¿Por qué no?
—No lo sé.
—¿Hay en el pueblo y en la pequeña ciudad niños de tu misma edad?
—Sí, montones.
—¿E interactúas con ellos?
—¿Qué es interactuar?
—Interactuar es cuando hablas o juegas con ellos.
—Papá casi nunca me lleva con él, por lo que no, no juego con ellos. Tú podrías llevarme hasta allí.
—No creo que a tu padre le agrade que te lleve al pueblo y a la ciudad, Felicity.
—Por favor, pregúntaselo.
—Está bien, se lo preguntaré un día de estos, no puedo preguntárselo ahora mismo, porque recién entro aquí.
—No pasa nada si has entrado hoy, solo pregúntaselo ahora, quiero ir a pasear.
—De acuerdo, Felicity. Pero primero necesito darme una ducha.
—Yo me quedaré aquí a esperarte —le dijo con una encantadora sonrisa, la cuál, la joven se la correspondió también.
—¿Segura? ¿No quieres ir a jugar?
—No, no te preocupes.
—Bueno. En unos minutos regreso.
La muchacha se preparó con parsimonia el baño, y pronto se sumergió en la tina de agua caliente y espuma. El baño relajante solo duró muy pocos minutos. No quería ser descuidada con la niña, recién cuando entraba a la casa, y prefirió salir pronto de la bañera y comenzar a secarse, poniéndose luego un vaquero azul, un pulóver de mangas cortas, y un par de chatas, con unos sencillos aros, completaban el atuendo de aquel primer día de trabajo.
Orquídea salió del cuarto de baño, y miró a la niña, quién le sonreía con inocencia.
—¿Vamos dónde papá?
—¿Quieres que se lo diga ahora?
—Sí, por favor —le dijo la niña, y la tomó de la mano, para bajarse de la cama, salir del cuarto, y caminar hacia el despacho de su padre, en donde no tocó la puerta antes de entrar.
El padre de la nena, se levantó de la silla enojado, gritándole por su error cometido.
—¡Felicity! ¡Miles de veces te he dicho que tocaras a la puerta antes de entrar! —le gritó, la niña abrió los ojos sorprendida, se detuvo a medio camino, se asustó y se escondió detrás de la niñera.
—¡Deje de gritarle así! ¡No tiene más dos años! —le dijo la joven, gritándole a él también.
—Baje ese tono conmigo, señorita, de lo contrario, me veré obligado a despedirla.
—Por favor, no —le dijo su hija detrás de ella y asomando su cabeza por la pierna de la mujer—, perdóname, papá —le dijo sollozando y yéndose de ahí para entrar a su cuarto.
—Mire, he llegado hace unos momentos atrás, y me he dado cuenta perfectamente el poco tacto que tiene con su hija, por favor, si tan solo tiene nueve años, le está gritando todo el día y encima jamás pasa tiempo con ella, y más le vale que cambie de actitud.
—¿De lo contrario qué me hará? —le preguntó arqueando una negra ceja, mientras la miraba con atención.
—De lo contrario, cada vez que le grita, me llevaré a su hija sin consultárselo —le respondió ella seria, sin tenerle ningún miedo.
—Sabe bien que eso mismo no lo puede hacer.
—Claro que puedo, al fin y al cabo yo soy su niñera, y dispondré todos los horarios de la niña, porque ya sé que usted no los quiere pasar con su hija.
—Tengo demasiado trabajo como para estar ocupándome de Felicity.
—No quiere agregar un horario para ella, que digo horario, no quiere dedicarle tiempo a su hija que es muy diferente, señor, y si no cambia esto, haré lo que ya le he dicho.
—La acabo de conocer recién, ¿cómo sé que no me la quitará?
—Debería de confiar más en las personas, señor, y ya que estamos en el tema, llevaré a su hija a dar un paseo por el pueblo y quizá por la ciudad, ya que usted no se digna a llevarla, lo haré yo. Usted, siga ocupándose de sus asuntos.
—No crea que está en el campo, señorita D'Ore. Mucho cuidado en cómo se dirige a mí. No soy ningún ranchero mal hablado.
—Tiene aires de soberbia que lo tildan de poco gentil con la gente. Sobre todo, con Felicity.
—¿Usted me dará clases de moral o buenos modales? Usted que ha venido del lado rural de Rock Springs.
—Nunca le he dicho que provenía del lado rural.
—Su facha anterior la delató, señorita. Si quiere ganarse el puesto, tendrá que obedecerme, y soportar todo.
—El maltrato no lo tolero, señor Colleman. Que sea una mujer de campo no le da ningún derecho en tratarme así. No soy ninguna tonta.
—No perderé el tiempo discutiendo con usted. Hágame el favor de retirarse de mi oficina —le dijo el hombre sin mirarla a la cara.
Orquídea, tan furiosa que estaba, terminó golpeando la puerta fuertemente.
Él, por otro lado, esbozó una sonrisa de costado mientras seguía leyendo los papeles que estaban bajo su vista.
La joven mujer, pasó antes, por el dormitorio de la niña, en dónde le dijo que se irían de paseo. Pronto bajaron las escaleras juntas, y Orquídea le preguntó a Ofelia si el señor disponía de un vehículo para manejarse, por lo que la mujer de mediana edad, le asintió con la cabeza.
—¿El señor le dio permiso?
—Sí, me ha dicho que tomara las llaves.
—Están colgadas en el llavero de la entrada principal.
—Gracias, Ofelia.
—Cuida a la niña.
—Sí, lo haré.
Felicity le indicó el abrigo de ella colgado en el perchero, y Orquídea la ayudó a ponérselo, mientras la niña mantenía una sonrisa enorme en su rostro.
Al salir de la gran casa, la joven ayudó a subir a Felicity en el asiento trasero y puesto el cinturón de seguridad, y luego ella, se metió dentro del asiento del conductor.
Nate, escuchó el motor de su camioneta en marcha, y pronto se levantó de la silla. Se acercó apurado al gran ventanal y vio a la niñera conducir su propia camioneta. Un vehículo que solo él manejaba, y al saber lo que había hecho frente a sus narices la nueva niñera, hizo que rechinara los dientes de rabia.
Salió con furia contenida del despacho, y corrió hacia la entrada, cuando Orquídea terminó por colocarse el cinturón de seguridad, levantó la vista y lo vio frente a ella.
—¿Se puede saber qué está haciendo, señorita D'Ore?
—Lo que está viendo, señor Colleman, llevo a su hija a dar un paseo.
—No le di permiso para que conduzca mi camioneta.
—¿O me deja llevarla, o lo paso por encima? —le preguntó desafiándolo.
El hombre, dio un paso al costado, y ella pasó con la camioneta frente a él.
—En una hora y media volveremos. No se preocupe, la cuidaré muy bien.
—Luego del paseo, usted y yo hablaremos claramente —le contestó entre dientes.
—No crea que me asusta esa manera de hablar, señor Colleman. Hasta pronto —le respondió ella, y aceleró con arrogancia la camioneta ajena.
Nathaniel entró a la casa, ante la mirada atenta y divertida de Ofelia.
—¿Pasó algo, señor Colleman? —le preguntó ella divertida.
—Pasa... pasa que la nueva niñera es demasiado aprovechada.
—¿Aprovechada? Creo que le tocó una mujer a su altura, señor Colleman. Y no soporta que alguien lo deje mal parado. Eso es todo —le dijo.
—Cuando vuelva me escuchará muy bien. A mí, nadie, y mucho menos una mujer como ella me dirá lo que tengo que hacer.
—Creo que se está enojando por nada, y si mal no recuerda, usted también se crió en pleno campo, no cuestione sus orígenes, señor, porque la lengua puede que se la llegue a morder usted mismo —le contestó Ofelia.
—No cuestiono de donde provengo.
—Y los de la señorita tampoco los tendría que cuestionar. Creo que es sencilla, y muy buena. Alguien que viene de tan lejos, sobre todo, una mujer, es porque realmente necesita el trabajo y es seria. Que la vida le haya dado la espalda con la madre de Felicity, no quiere decir que todas sean iguales.
—Ofelia, no quiero que vuelva a repetir una cosa semejante.
—Lo entiendo, pero usted debe entender también, que hay clases de mujeres que trabajan, son responsables en sus cosas y siguen siendo buenas personas. Que la señorita D'Ore lo haya enfrentado, no es nada, era hora que alguien le haga frente al lobo feroz —le expresó riéndose y yéndose hacia la cocina.
Resignado ante aquellas palabras por su cocinera, volvió a refugiarse en su despacho.
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Re: Vientos de Cambio

Notapor nobbs el 16 Jun 2016, 19:58

uyuyuy esto se pone interesante, menudo genio el de Orquídea, hasta me empieza a dar pena el señor Colleman :D

A la espera de la continuación
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Re: Vientos de Cambio

Notapor lalolito el 21 Jun 2016, 09:00

Interesante, de veras, te ayudo a seguir escribiendo. Saludos.
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Re: Vientos de Cambio

Notapor SilvinaBSB el 21 Jun 2016, 21:59

nobbs escribió:uyuyuy esto se pone interesante, menudo genio el de Orquídea, hasta me empieza a dar pena el señor Colleman :D

A la espera de la continuación


Muchas gracias por parecerte interesante. :)
Orquídea cada cosa que verá mal, se lo dirá y no le importará nada, ni siquiera del hombre que la contrató.
Un beso.
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Re: Vientos de Cambio

Notapor SilvinaBSB el 21 Jun 2016, 22:02

lalolito escribió:Interesante, de veras, te ayudo a seguir escribiendo. Saludos.


Muchas gracias, espero que te siga pareciendo interesante. :)
Un beso.
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Re: Vientos de Cambio

Notapor SilvinaBSB el 21 Jun 2016, 22:10

Capítulo 2

En la ciudad, la niña y la joven, habían llegado a la tienda de artículos generales en donde las recibió la señora que atendía.
—Hola, Felicity, qué alegría verte por aquí —le respondió muy contenta.
—Hola, Lydia —le dijo la niña—. ¿Tienes de esos dulces?
—Para ti, siempre, cariño —le contestó la mujer, ofreciéndole un tarro de vidrio abierto con golosinas.
—Gracias —le respondió y la niña tomó dos.
—¿Gustas?
—No, gracias.
—No te cobraré porque tomes uno para que pruebes.
—Está bien —le expresó, y tomó uno solo para probarlo.
—Veo que has conseguido el trabajo, felicitaciones.
—Muchas gracias, señora.
—Por favor, llámame Lydia. Todo el mundo me llama por mi nombre, nada de señora para ti, jovencita.
—De acuerdo, Lydia, y sí, conseguí el empleo.
Felicity y Orquídea degustaban la golosina mientras miraban la tienda, seguramente, algo iría a comprarse la joven o que la niña le pidiera algo para comprar, y solo esperaba que le alcanzara el poco dinero que llevaba encima.
La niña quedó mirando las muñecas que estaban en exhibición mientras que la joven miraba con atención al hombre que acababa de entrar a la tienda.
El hombre se giró en su dirección y ella desvió la mirada para mirar las revistas de crochet que tenía frente a ella.
Una vez que el hombre pagó lo comprado, se acercó a ella.
—¿Te gusta el crochet?
—¿Qué? —le preguntó girando la cabeza y enfrentándolo—. Nunca lo he aprendido.
—Nunca te he visto por aquí, ¿eres nueva?
—Sí, acabo de llegar hace unas horas atrás —le contestó y miró a la niña—. ¿Quieres algo, Felicity?
—No, nada, Orquídea.
—¿Quieres irte ya?
—Bueno, ¿daremos un paseo? —le preguntó entusiasmada.
—De acuerdo, daremos un paseo.
—¿Te llamas Orquídea? —le inquirió aquel hombre.
—Sí.
—Encantado, mi nombre es Thomas —le dijo estrechando las manos—. Eres muy bonita, y bienvenida a Colorado Springs.
—Encantada, y gracias —le dijo ella, algo cortante—. Si nos disculpas, tenemos que irnos.
—Espero verte pronto por aquí —le contestó con una sonrisa.
—Hasta pronto —le dijo ella con una media sonrisa en sus labios.
La niña y su niñera salieron de la tienda, mientras que Thomas se quedó para preguntar más acerca de la nueva joven que pisó Colorado Spings.
—¿Sabes de dónde es? —le inquirió el hombre a Lydia.
—No, no me lo ha dicho, no tiene porqué decírmelo y no soy entrometida, Thomas.
—Siento curiosidad por ella.
—Deja tranquila a la joven. Si buscas diversión, puedes encontrar a cualquier mujer.
—Me ha intrigado, ¿no puede intrigarme? Vi que está con la hija de Colleman.
—Es la nueva niñera de su hija.
—Muy joven se la buscó —dijo riéndose por lo bajo.
—El señor Colleman no es como tú, Thomas.
—Sí, lo sé, Lydia, yo soy demasiado mujeriego y él es muy correcto e insípido.
—El señor Colleman es un completo caballero, lo que te falta a ti, Thomas. Si quieres algo más, dímelo, de lo contrario, tengo mucho trabajo que hacer.
—Hasta luego, Lydia —le contestó él, y se retiró de la tienda.
Antes de subirse a la camioneta Orquídea, Thomas la encontró prendiéndole el cinturón de seguridad a la niña.
—Me gustaría invitarte a tomar algo.
—Te lo agradezco, pero no lo creo —le dijo ella.
—Insisto —le volvió a contestar él.
—En serio, no puedo.
—Eres demasiado bonita como para estar trabajando, deberías de salir y no trabajar.
—Creo que eso no te incumbe —le respondió sin hacerle mucho caso.
—No te enojes, solo quiero invitarte a tomar algo.
—Discúlpame pero no tengo tiempo.
Orquídea bordeó el frente de la camioneta, y se subió en el asiento del conductor cuando cerró la puerta del asiento trasero.
Luego de pasear por donde la niña quería y para hacerle ver a la niñera un poco de la ciudad y el pueblo también, volvieron a la casa. Apenas entraron, Orquídea colgó las llaves en el llavero al lado de la entrada, y se quitaron los abrigos para ponerlos en el perchero. La niña tomó de la mano a la joven, y juntas caminaron por el pasillo, rumbo al cuarto de Felicity. A medio camino, se encontraron con Nathaniel.
—Felicity, ven aquí un momento —le dijo, pero la niña por miedo a él, no se movió.
—Ve, hermosa, no pasa nada —le respondió su niñera, tranquilizándola y sobándole la espalda suavemente.
La niña caminó despacio, e insegura hacia su padre. Éste último se arrodilló, y abrazó a su hija.
—Perdóname, pequeña, por haberte gritado.
—Sí, papá, te perdono —le dijo ella suavemente y le dio un beso tierno en su mejilla—, papi, pinchas.
—Creo que tendré que afeitarme más seguido entonces —le contestó riéndose, y le dio besos con ruídos en todo su cuello, mientras que la niña reía a carcajadas.
—Me voy con Orquí a mostrarle mi habitación.
—De acuerdo, pero antes, quiero hablar con ella unos minutos —le respondió, y alzó la mirada hacia Orquídea.
—Sí, papá.
—Lávate bien las manos, Felicity —le dijo la niñera.
—Sí, Orquí.
Una vez que la niña desapareció frente a ellos, él condujo a la joven a su oficina, la invitó a entrar nuevamente en su despacho, y luego cerró la puerta detrás de él.
Orquídea no sabía el por qué de aquella actitud, y no quiso averiguarlo tampoco.
—Veo que la ha traído muy puntual, se lo agradezco. Pero eso no quiere decir que ha hecho las cosas bien, señorita D'Ore. La actitud que tuvo conmigo anteriormente, distan de una mujer seria y responsable.
—Seguramente piensa así, porque ninguna mujer antes se le enfrentó, le aclaro que no le tengo ningún miedo, puede decirme lo que le venga en gana, pero se está dando cuenta que soy responsable y puntual cuando se trata de su hija, a pesar de que desde hace unas pocas horas atrás estoy trabajando.
—No tolero que me hablen así.
—No estoy diciéndole nada fuera de lugar, señor Colleman. Tendría que insultarlo para poder faltarle el respeto, pero no lo haré, me ha dado el trabajo y le estoy muy agradecida. Solo tiene que cambiar un poco de actitud, usted, no yo.
—Usted no es mucho mejor que yo, señorita D'Ore.
—No le estoy diciendo eso, señor. Solo digo que en ningún momento quise faltarle el respeto, a veces, soy así de impulsiva, y directa. No me gusta que nadie me pise, así como creo yo que a usted no le gusta que lo pasen por encima tampoco.
—No, en verdad no me gusta que me hagan eso.
—Ya ve que después de todo, no le he faltado el respeto a usted. ¿Algo más tiene para decirme?
—No, puede retirarse. Gracias por cuidar de mi hija.
—Al contrario, la niña es encantadora, y con su sonrisita es compradora también. Y después de todo, soy su niñera.
Orquídea salió del despacho del padre de la niña, y fue hacia su cuarto, en la planta alta. Felicity le mostró su hermosa recámara mientras que ambas charlaban.
Su padre, las miró desde el umbral de la puerta y la niña corrió a sus piernas, contenta. Nate, la alzó en sus brazos y le dio un beso en su mejilla.
—¿Qué has hecho hoy con la señorita, en la ciudad?
—Nada, fuimos de paseo y después al pueblo, ¿sabes que conoció a Thomas?
—¿Ah, sí?
—Sí —le respondió la niña.
—¿Y qué le pareció, señorita D'Ore?
—No puedo tener un criterio del hombre cuando ni siquiera entablamos una conversación.
—¿Ni siquiera a simple vista?
—No, las apariencias suelen engañar.
—Es el hijo del dueño de las estancias Las Ramas.
—Mire usted —le dijo ella mientras le acomodaba un poco el cuarto a la niña.
—Esas estancias están muy cerca de aquí, quién le dice y tiene posibilidades de algún día casarse con él y ser la señora de aquellas estancias también.
—No he venido a éste lugar para encontrar marido, sino a trabajar.
—Thomas le estuvo hablando mucho tiempo.
—¿Qué le decía a la señorita?
—Nada que no tenga que ser contado, solo me invitó a tomar algo. Creo que el hombre está desesperado por conocer a alguien.
—O a usted, en todo caso.
—Como le dije antes, no vine aquí para buscar marido.
—Piénselo bien, Thomas tiene demasiado dinero encima como para desaprovechar esa oportunidad, y podría vivir como una reina sin tener que trabajar más en su vida.
—¿Por cuál clase de mujer me toma, señor Colleman? —le preguntó ella molesta y él se quedó callado.
—Lo siento, no quería incomodarla.
—Se lo vuelvo a repetir, no he venido desde tan lejos hasta aquí para encontrar a alguien que me mantenga, solo vino por trabajo, porque de donde vengo me han echado.
—¿Qué hacía?
—Era maestra rural. Y antes que saque sus propias conclusiones, me echaron porque no había dinero para pagar y decidí ir hacia Loverland.
—Loverland queda casi en la otra punta de aquí.
—En el viaje me quedé dormida y el chofer no me avisó, cuando desperté me encontraba en Colorado Springs, y no podía darme el lujo de gastar más dinero del que tenía encima.
—Entiendo. A veces las cosas se ponen muy difíciles y uno hace lo que sea para poder tener algo de dinero. Ofelia dejó la cena dentro del horno.
—¿Quiere que la sirva? —le preguntó ella.
—De acuerdo —le respondió él, y la hizo pasar primero a ella.
Orquídea entró a la cocina y sacó la fuente del horno, pero antes que quitarle el papel de aluminio, preparó la mesa para dos personas en el comedor.
—¿Por qué hay dos cubiertos? —preguntó él.
—Para su hija y para usted.
—Pensé que cenaría con nosotros.
—No queda bien que cene con ustedes, soy su empleada.
—No me molesta que una de mis empleadas cene con nosotros, es la niñera de mi hija.
—Bueno, de ser así, no tengo inconveniente yo tampoco en cenar con mi jefe y su hija.
La joven llevó la fuente a la mesa, y les sirvió a ambos, para luego servirse ella de la fuente también.
Cuando pasaron varios minutos, la niña se levantó de la silla y fue a sentarse al regazo de su niñera.
—Deja comer tranquila a la señorita, Felicity. Y ya estás demasiado grande para subirte en las piernas de las personas.
—No me molesta —le respondió Orquídea.
Mientras que la niña se entretenía con las puntas del cabello de Orquídea, ella terminaba de cenar con tranquilidad.
La preciosa niña, se acomodó en su regazo para luego apoyar su cabeza sobre el pecho de la joven, y quedarse así, dormida en sus brazos. La niñera la vio dormir y pronto se levantó de la silla y la sostuvo en brazos para llevarla a su habitación.
—Enseguida vendré a limpiar la mesa y lavar las cosas.
—No se preopcupe por eso, no le corresponde hacer esas cosas, solo tiene que cuidar de mi hija.
—Está bien.
Orquídea subió las escaleras y entró al dormitorio de la niña, desarmó la cama, y apenas la acostó, le quitó los zapatos y la ropa, luego eligió un pijama y se lo colocó con suavidad sin que ella se diera cuenta que estaba siendo vestida. La metió debajo de la sábana y cobertor, la arropó bien, y le dio un beso en su mejilla. Luego, le encendió un velador con formas que se veían girar alrededor de las paredes del cuarto, apagó la luz principal y entornó la puerta. La muchacha bajó hacia el comedor, donde ayudó a su jefe a limpiar todo, y mientras que él lavaba los platos, ella los secaba y le iba preguntando dónde debía guardarlos.
—¿Quiere que le prepare un café? —le preguntó ella con amabilidad.
—De acuerdo.
Una vez que Orquídea puso el agua sobre el fuego, Nate quedó por unos momentos absorto en la ventana que daba al patio trasero. El incómodo silencio fue cortado por el silbido de la pava, avisando que el agua estaba lista. Orquídea preparó una taza mientras vertía el agua caliente dentro de la cafetera, el aroma a café inundó la cocina y la joven le acercó la taza para luego llenársela con el café recién hecho.
Por aquel día, no tenía más nada para hacer, así qué, decidió retirarse a dormir.
—Buenas noches, señor Colleman.
—¿No me acompañará?
—Estoy satisfecha por hoy. Quizá en otra ocasión.
—Le tomo la palabra, señorita D'Ore. Buenas noches.
La joven subió las escaleras, y entró al cuarto que le habían asignado con anterioridad. Desarmó la cama, abrió la maleta y acomodó lo poco que tenía, dentro de la cómoda, sacó un camisón, cerró los cajones, y se desvistió para luego ponerse la ropa de cama. Apagó la luz del dormitorio, y encendió el velador de la mesa de noche, se metió dentro de la cama, y luego de arroparse, tomó el libro que yacía sobre la mesita, y acomodándose mejor, decidió leer un poco. A medida que los minutos pasaban, los ojos de Orquídea comenzaban a picar y prefirió dormir antes que seguir leyendo y no comprender nada de lo que estaba en el libro.
A la mañana siguiente, fue Felicity quién se despertó primera que todos, y bajándose de su cama, fue corriendo al cuarto de su padre, en donde abrió la puerta y de un salto se subió a la cama. Gateó hasta llegar a su cara, la cuál comenzó a manosear. Su padre, quién desde hacia tiempo estaba despierto, le mostró una cara poco bonita, solo para que la niña se riera de él, aquella cara fue seguida de cosquillas y muchos besos. Felicity se reía a carcajadas.
—Basta, papá —le dijo y él no le hizo caso.
—¿Qué haces despierta tan temprano?
—No podía dormir más, creo que iré a despertar a Orquí.
—Déjala tranquila, debe de estar demasiado cansada del viaje —le contestó mientras metía a su hija dentro de la cama, y la abrazaba contra él.
—De acuerdo, papá —le dijo, se acurrucó más contra su cuerpo y la niña volvió a quedarse profundamente dormida.
Por otro lado, dentro de la habitación de Orquídea, la joven estaba terminando de secarse el cuerpo, luego de una ducha, y salió del baño con la ropa interior puesta. Solo un simple vaquero y una remera de mangas largas con un calzado bajo, y un par de aros, iban a ser el atuendo de aquel día.
Armó la cama con tranquilidad, y luego salió de la habitación, la joven fue a la habitación de la niña para despertarla, pero no la encontró, y aprovechó en armarle la cama y acomodarle el cuarto nuevamente, puso los almohadones y algunos peluches sobre la cama y pronto salió de la recámara. Bajó las escaleras, y caminó hacia la cocina en donde encontró a Ofelia.
—Buen día, Ofelia. ¿Cómo está?
—Buenos días, muy bien ¿y tú?
—Muy bien también.
—¿Cómo has dormido?
—Perfectamente.
—Aquí se duerme muy bien —le comentó la mujer.
—¿Tiene idea dónde puedo conseguir un teléfono público?
—Primero que nada, tutéame, y segundo, puedes llamar desde aquí.
—No me gusta pedir.
—El único teléfono público es el que está en la ciudad. Otro no hay aquí, salvo el de la casa.
—Luego le preguntaré al señor si es posible poder llamar a mis padres. ¿Tú vives cerca de aquí?
—Cerca del pueblo, a pocos minutos de la casa, gracias al señor, tenemos una bonita casa.
—¿Le gusta ayudar a las personas?
—Demasiado. Por eso, es muy querido en el pueblo y en la ciudad. Ayuda a los demás cuando puede, sin recibir nada a cambio, aunque quizá es demasiado confiado con todo el mundo y por eso es que a veces le pagan de mala manera —le contestó Ofelia.
—A veces hay que ser bastante malo y arrogante para que nadie te tome por idiota —le respondió Orquídea.
—Lo de arrogante es una característica en él, suele ser siempre así.
—Lo sé. Conocí su arrogancia ayer —le dijo y luego cambió de tema—, ¿quieres que te ayude a preparar el desayuno?
—¿Sabes hacer panqueques?
—Sí. Los hago, no tengo problema —le contestó sonriéndole.
—Te daré una sartén pequeña, tanto al padre como a la hija le gustan gruesos y esponjosos.
—¿Les pones algo?
—No, los comen solos, pero si quieres, puedes preparar algo más, por si se les antoja probarlos con otra cosa.
—¿Hay crema de leche?
—Sí, dentro del refrigerador tienes crema de leche dentro de una jarrita.
—Está bien. Haré una crema batida por si quieren untarla en los panqueques.
Orquídea batió bien la crema de leche, hasta que se hizo espesa y la colocó dentro de un bol, una vez que terminó eso, ayudó a Ofelia a preparar sandwiches y disponer de a poco todo sobre la mesa del comedor. Apenas vio que todo estaba listo, decidió subir las escaleras para ver si la niña ya se encontraba en su cuarto.
Antes de entrar al dormitorio de Felicity, la niña salió del cuarto del padre con el pijama puesto, y al padre con un vaquero, una camisa escocesa con las mangas remangadas, y un par de botas tejanas.
—Buenos días, Orquí —le dijo la niña abrazando sus piernas.
—Buenos días, bella —le respondió su niñera mientras le acariciaba las mejillas y la veía a los ojos.
—¿Cómo has amanecido? —le preguntó la niña.
—Muy bien ¿y tú?
—Lo mismo, se duerme muy bien aquí —le contestó Orquídea—, ¿vamos a darte una ducha y a vestirte?
—¡Sí! —le gritó contenta.
—Buenos días, señor Colleman.
—Buen día, señorita D'Ore.
Joven y niña entraron al cuarto, y la primera cerró la puerta. Unos minutos después de haberla bañado, secado y puesto una linda ropa, ambas bajaron las escaleras para ayudarla a sentarse en la silla, y luego ella sirvió una taza de leche caliente para la niña y otra taza con café caliente le sirvió a su padre.
Desayunaron con tranquilidad, mientras que Felicity y su padre charlaban. Orquídea aprovechó para poder preguntarle algo al padre de la niña también.
—¿Señor Colleman?
—Dígame.
—Es mucha molestia si uso el teléfono de línea para llamar a Rock Springs.
—¿A quién tiene allí? —le preguntó él con curiosidad.
—A mis padres.
—Puede llamarlos todas las veces que quiera. No tengo problema alguno.
—Se lo agradezco mucho, señor.
Luego de aquella pregunta, Orquídea volvió a beber un poco de su taza de café con leche y terminó de desayunar. Unos minutos después, Nathaniel, se levantó de la silla y se retiró a su oficina, dejando a solas a su hija y a la niñera.
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Re: Vientos de Cambio

Notapor SilvinaBSB el 23 Jun 2016, 04:29

Gracias por entrar a leer el capítulo, acá les dejo el siguiente. Espero que les guste.
Un saludo. :)

Capítulo 3

Aquel mismo día, Orquídea decidió lavar a fondo la bañera de la niña, mientras que ella permanecía dentro de su cuarto, jugando con sus muñecas, pero Felicity era muy curiosa, y quiso saber qué era lo que estaba haciendo su niñera.
La joven se encontraba absorta en su trabajo, cuando la niña tomó el duchador portátil y le tiró el agua que salió de repente, de aquel aparato. La niña entre risas, empapó casi por completo a la joven, y ésta última se desquitó con ella, tomando en sus manos el duchador de las manos de la niña cuando se descuidó, y terminó por mojar a su padre cuando Felicity se corrió hacia la puerta cuando vió a que su niñera quería mojarla.
Nathaniel, quedó desde el cuello hasta los pantalones, mojado, el hombre comenzó a respirar como un toro embravecido, y su hija comprendió que debía correr antes de ser regañada nuevamente. Lo peor era que Orquídea iba a recibir la reprimenda.
—Lo siento mucho, señor Colleman. No ha sido adrede lo que le he hecho. Quise mojar a su hija.
—Ahórrese las explicaciones, señorita D'Ore. Solo espero que no se vuelva a repetir, ¿está claro?
—Sí, señor.
El hombre salió furioso de allí para entrar a su cuarto y cambiarse de ropa. Era increíble que le estuviera pasando todo aquello y ni siquiera había pasado un mes, de trabajar en la casa, que ya estaba haciendo disparates con su hija.
Por otro lado, Orquídea entró al dormitorio de la niña.
—Papá te ha regañado, lo escuché.
—No fue nada, no te preocupes, Felicity.
—A veces es muy malo con la gente.
—Seguramente no tiene un buen día, y eso es todo.
—No me tiene paciencia, con nadie es paciente, esa es la verdad.
—Felicity, no tienes que pensar esas cosas, eres demasiado pequeña para pensar en ese tipo de cosas, y encima creer que tu padre no te tiene paciencia.
—Es la verdad, Orqui.
—No tienes que creer eso, Felicity.
—¿Por qué crees que siempre está contratando niñeras para mí? —le preguntó y la joven se mantuvo callada—. Es normal que las contrate.
—Tu padre, por lo visto, es un hombre muy ocupado. Y si contrata niñeras es para que tú no te sientas sola. Sé que tu padre te adora, cariño.
—A veces tengo muchas ganas que me preste atención o que juegue conmigo. Pero las veces que se lo he pedido, me responde siempre lo mismo: que está muy ocupado y me manda a jugar con mis muñecas, quiero hablarle pero él continúa sin mirarme a los ojos. Muy pocas veces lo tuve jugando o hablando conmigo, a veces me pregunto porqué quiso que estuviera con él.
—Creo que tienes una edad que no tienes porqué hacerte ese tipo de preguntas, solo tendrías que disfrutar de tu niñez y hacer las tareas del colegio.
—¿Sabes que papá hasta cuando tenía cinco años estuvo con una mujer que no era mi madre?
—¿Cómo sabes que no era tu madre?
—Creo que una madre no golpea ni tira del cabello o insulta a su hija cada vez que el padre no está presente.
—¿Por qué me cuentas éstas cosas, Felicity? No soy nadie para que me las cuentes, son cosas muy privadas.
—Eres la única que llegó aquí sin intenciones de nada. Por más que tenga nueve, sé la clase de mujeres que pasaron por ésta casa, tú eres la única que me agradó, porque no buscas tener cosas con mi padre, no es que lo vea malo, es que, no me gusta que de un día para el otro una persona cambie su manera de ser.
—Entiendo. ¿La mujer con la que salía tu padre era niñera también?
—No, la conoció en una reunión. Era demasiado refinada y a mí me veía como un estorbo.
—¿Le has dicho esas cosas a tu padre?
—¿Los golpes e insultos? —le preguntó—, no, ¿para qué?
—Felicity, esas cosas no se deben callar nunca.
—Papá estaba muy ocupado con ella y con su trabajo. Yo era la niña malcriada, la cuál estorbaba en todo momento.
—¿Por qué terminaron entonces?
—No lo sé, creo que porque ella se agotó de la rutina que mantenían siempre, verse muy pocas veces a la semana y cuando se veían, él no le prestaba atención.
—Ya veo. Lo que me parece extraño es entender cómo te recuperaste de ese tipo de situaciones, no es nada fácil para una niña de cinco años o menor, volver a ser la misma luego de sufrir ese tipo de daños por alguien que para ella es una completa extraña.
—No dejé que me afectara, tuve a Ofelia para que me cuidara. Por eso a veces soy un poco revoltosa, y no le hago mucho caso a papá.
—Tienes que obedecer a tu padre, Felicity. Sé que quizá para ti es difícil pero debes hacerlo. Y sobre ser revoltosa, todos los niños de tu edad lo son, por eso no tienes que sentirte mal.
—Puede que tengas razón, su nombre era Geraldine.
—¿Quién?
—La mujer con la que salía papá.
—Cambiemos de tema, ¿tienes algo para hacer de la escuela?
—Es sábado, no tengo ganas de hacer nada.
—Es preferible que hagas la tarea hoy, y mañana tienes todo el día libre.
—Está bien. ¿El lunes me llevas a la escuela?
—Todos los días lo haré, Felicity —le dijo sonriéndole.
—Gracias, eres la primera persona en que quiere hablar conmigo sin sentirlo como una obligación —le respondió con sinceridad y la niña le dió un beso en su mejilla.
Más de dos horas estuvieron encerradas dentro del cuarto de la niña, realizando la tarea, y cuando dieron la una de la tarde, salieron para almorzar.
Durante el almuerzo ninguno de los tres hablaba, y Felicity fue la que rompió el hielo en aquella mesa.
—¿Sabes que la señorita D'Ore es muy buena en matemáticas, papá?
—¿Sí?
—Sí, me estuvo ayudando con la tarea para el lunes, y me enseñó una técnica mucho más rápida para poder contar y sacar enseguida el resultado de las cuentas.
—Me parece perfecto —le respondió sin levantar la vista del plato.
Aquella pequeña conversación fue la única que se produjo en la mesa, y Orquídea quedó más desconcertada que nunca. Comprobó con más ahinco que el trato entre padre e hija era casi nulo y eso le hizo ruído en sus pensamientos, tenía que hacer algo para revertir la situación pero sentía que iba a meterse en un terreno que no le correspondía meterse por ser simplemente una desconocida.
El domingo por la tarde, compartieron con la hija de su jefe un paseo por los alrededores de la casa en donde estaba viviendo. Felicity le mostró todo el jardín trasero con su piscina y fuente de agua también. Orquídea había quedado maravillada al ver tanta vegetación junta que contrastaba maravillosamente bien junto con el turquesa de la piscina.
—Desde que me acuerdo que vivo aquí, me crié en ésta casa y la adoro, tuve una infancia muy linda, a pesar de las feas situaciones en las que viví.
—Aún sigues siendo una niña, Felicity. Vas a cumplir diez años, pero sigues siendo pequeña y tienes que seguir manteniendo esa encantadora sonrisa en tu rostro —le expresó con sinceridad Orquídea acariciando el cabello de la niña.
—Me siento muy a gusto contigo, solo espero que papá no cambie de idea en querer contratar a otra niñera, me gusta estar contigo, me siento cómoda y puedo ser yo misma sin llevarme una reprimenda por ti.
—Estoy para cuidarte, tu padre me contrató para cuidarte y estar contigo, no para que te regañe o te maltrate.
—¿Y a ti quién te cuida?
—Me cuido yo misma.
—Eso es aburrido, creo que es lindo saber que alguien cuida de ti.
—Sí lo es, pero por lo pronto, me cuidaré yo misma y yo cuidaré de ti también —le respondió abrazándola por sus hombros mientras seguían caminando por el jardín.
En la planta baja, un solitario Nate las miraba desde la ventana de su despacho. Ofelia entró luego de golpear la puerta.
—¿Por qué no se integra al paseo?
—No puedo.
—No quiere, que es diferente.
—No sé cómo acercarme más a mi hija.
—Acercándose, la niña no tiene la culpa de haber salido parecida a su madre.
—En eso tienes razón, pero todavía no puedo hacerlo —le contestó él volviendo a sentarse en la silla.
—Creo que se está equivocando. Le dejo su café, señor —le dijo Ofelia y se retiró del despacho.
Poco tiempo después, ambas entraron a la casa para merendar juntas dentro de la cocina y antes de cenar, Felicity quiso ducharse para que luego no se le hiciera tarde en acostarse. Posterior a la comida de la noche, Orquídea subió con Felicity las escaleras para acostarla, no sin antes haberle dado un beso en la mejilla a su padre y desearle las buenas noches. La niña, quiso que Orquídea le contara un cuento y minutos luego, Felicity quedó profundamente dormida.
Orquídea al salir de la habitación, bajó hacia la cocina, para lavar los platos que se encontraban dentro del fregadero, y Nate entró también.
—¿Quiere un café?
—No, gracias, enseguida me iré a dormir.
La joven trató de realizar el lavado lo más rápido posible, le incomodaba estar a solas con él, no por miedo, si no porque le parecía demasiado intimidante y soberbio también.
Aun cuando sintiera eso, trató de hablarle sobre el tema del cumpleaños de su hija.
—Dentro de ocho días Felicity cumple los años.
—¿Y qué con eso? —le preguntó mirándola, antes de sorber un poco del café.
—Que quiere fiesta, ¿no le suena eso?
—¿Se lo ha dicho?
—Sí, me dijo que quiere fiesta y usted no se la deja tener. Podría armarle algo en el jardín trasero, si usted me lo permite.
—No.
—Debe de haber un motivo por el cual no quiere que su hija lo festeje.
—No hay ningún motivo.
—Entonces, deje que su hija tenga la fiesta. Se pondrá muy contenta de saber que su padre al fin accedió a realizársela.
—Que haya tenido estrecha confianza con mi hija en solo dos días, no le da derecho a entrometerse en asuntos de la familia, señorita D'Ore.
—Eso no es meterse en los asuntos de su familia, señor Colleman. Eso es querer hacerle una fiesta a su hija. Se la merece, por el simple hecho de ser su hija.
—Buenas noches, señorita.
Nate se retiró de la cocina, dejando a Orquídea con la palabra en la boca. La joven se mordió la lengua para no insultarlo y decirle unas cuántas verdades. No quería perder su trabajo, y tampoco quería separarse de Felicity, aquella niña no tenía la culpa del desprecio que le mostraba su padre de manera inconsciente y haría todo lo que estuviera en sus manos para que el padre terminara queriendo por definitiva a su hija.
Pronto fue a dormirse, mañana iría a ser un nuevo día, y por la mañana debía levantarse muy temprano para llevar a la niña a la escuela.
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