De modo que la lluvia nos convence

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De modo que la lluvia nos convence

Notapor Jrma el 03 May 2017, 11:56


José Ramón Muñiz Álvarez
De modo que la lluvia nos convence

-De modo que la lluvia nos convence...
Diciendo estas palabras, se sentía más viejo y melancólico, buscando milagros imposibles en la altura. Después buscó los robles del arroyo: el cielo en primavera es tan cambiante como el follaje seco de noviembre, vestido por colores encendidos. Y dijo del abril cosas perversas: sabía que la muerte es un fastidio que arranca la coherencia necesaria para insistir con ánimo en el mundo. Lo suyo fueron siempre paradojas: de ser un inmortal, lamentaría dejarse a su dolor y a su fatiga, pero este no era el caso para nadie. Y entonces encendió su cigarrillo. Lo cierto es que fumaba como fuma la gente que combate con la nada y aguarda a despejar sus ansiedades.
Él era, sin embargo, un animista: en África es corriente que las gentes supongan los espíritus que habitan los árboles y palmas de la selva. No existe un animal sin un espíritu. El alma impregna todo lo que vive, la vida llena todo un universo y el agua de los ríos está viva. En África se dicen muchas cosas. Lo mismo que entre gentes africanas, soñaba infantilmente con los seres que pueblan cada bosque y cada lago. La lluvia y el ocaso tienen vida, quizás ante los ojos del poeta, que mira con sus ojos ese mundo, buscando hallar conceptos muy distintos. La lluvia era el espíritu en sí mismo. La lluvia en primavera siempre tiene su gracia, su dulzura y vivifica las cosas con su aroma y con su aliento.
-De modo que la lluvia nos anima...
Diciendo estas palabras, intentaba dejar pasar acaso unos instantes, soñando hallar quizás un imposible. Después miró el asfalto con tristeza: las gotas dibujaban su presencia de forma intermitente en ese suelo de grises y de polvo miserable. Sabía que se estaba consumiendo. Buscaba la manera de calmarse, de hallar resignación para el suceso difícil de la edad, cuando se escapa.
Es triste envejecer sin advertirlo, y el tiempo que transcurre nunca borra las huellas de ese tiempo transcurrido que juega con placer a atormentarnos. Y huyó por fin un verso de su boca, cantando la amargura del barroco que sabe que se extingue para siempre, que sabe que se muere para siempre.
Y recordó los días de la infancia: la infancia pesa mucho en los poetas, que juegan con sus raros acertijos a hacer juegos de extraño conceptismo. Y recordó los juegos de la infancia: tal vez es la niñez ese momento que forja en las personas emociones que habrán de pesar luego en su camino. Y recordó los días de colegio: los niños se acercaban muy temprano, con la cartera al hombro, al viejo patio, no lejos de la puerta de la escuela. Y recordó las tardes en los bosques: amaba como nadie esos caminos que cercan los helechos y eucaliptos que cierran las más densas espesuras. ¿Quién sabe si los duendes se ocultaban? Y es cierto que los duendes, escondidos, miraban a los viejos y a los jóvenes que andaban los caminos de la aldea.
-De modo que la lluvia nos alegra...
Diciendo estas palabras, pretendía la paz espiritual que no tuvieron ni habrán de tener nunca los mortales. Y vino aquella brisa silenciosa. Rozaba amablemente el rostro triste del hombre que, mirando los paisajes, sintió su propio otoño en primavera.
-Abril me ha traicionado nuevamente.
Hablaba con dureza de esos meses de luces y alegría, tan distintos al ánimo callado de su espíritu. Y supo comprender con amargura: la culpa del abril no era la culpa del sol ni del cuclillo cuando canta, queriendo guarecerse de nosotros. Sabía que era él mismo el gran culpable: se había despegado de la infancia, su crimen era aquel asesinato del niño que hubo sido en otro tiempo.
Y quiso ser de nuevo un inocente: los niños tienen tanta fantasía que habitan un lugar hermoso y mágico, con hadas y con ninfas en las charcas. Pensad que cada fuente está habitada: los elfos viven lejos, guareciéndose del mundo tan prosaico que los hombres estamos construyendo en este tiempo. Pensad que un geniecillo nos contempla, pues siempre entre las hierbas y los prados habitan esos seres misteriosos que algunos han llamado elementales. Y, siendo un inocente nuevamente, los brillos de aquel sol cobraron vida, quizás unos instantes, en un sueño, pues saben bien soñar los que son niños. Y, entonces, comprendió todo el problema: buscaba en ese sol y en esa lluvia un eco de vivencias del pasado, perdidas para siempre en el olvido.
-De modo que la lluvia nos alcanza...
La lluvia nos alegra, nos alcanza, nos hiere y entristece, nos bendice, nos ama y nos combate con su furia... Estaba obsesionado con la lluvia: la lluvia de los charcos y los barros, la lluvia del asfalto y las aceras, la lluvia que llegaba cada día... Estaba obsesionado con el tiempo: las horas y los días, los momentos que huyeron para siempre y que dejaron un hueco tenebroso en lo profundo. Y entonces supo todo lo ocurrido: un algo del abril y de sus lluvias, su sol y el brillo tenue sobre el prado, querían sugerirle algún recuerdo. Y el caso es que el recuerdo no era nada, pues suele acontecer que los recuerdos son nada cuando solo son olvido, si no quiso guardarlos la memoria.
Pero él volvió a creer en las leyendas: de nuevo hubo en las cuevas viejos cuélebres, dispuestos a guardar esos tesoros dejados por los moros hace siglos. Pero él volvió a creer en los espíritus: las fuentes ocultaban a la "xana", desnuda algunas veces, regalándose, con gracia, a la alegría de aquel baño. Pero él volvió de nuevo a los relatos: el cárabo era horrible y anunciaba la muerte a los ancianos en las casas, llegada ya la noche silenciosa. Y pudo ser de nuevo un nigromante: amaba todavía aquella atmósfera curiosa de los cuentos consagrados, con magos y hechiceros de otras eras. Y fue por fin de nuevo un nigromante: la suya fue la extraña nigromancia que busca nueva alquimia en la poesía que brota de un afán incontrolado.
-De modo que la lluvia nos destroza...
Tal era su insistencia con la lluvia, con el abril hermoso y con sus luces, los brillos sobre el campo humedecido. Su hermano se aburría al escucharlo, si hablaba de la lluvia o del recuerdo, con aires de poeta ensimismado, queriendo revivir lo ya vivido. Sabía que era un hombre melancólico, y el caso es que el carácter melancólico soporta mal las idas y venidas del tiempo, refugiándose en la infancia. Cansaban sus lamentos y palabras, cansaban sus querellas a deshora, buscando en la nostalgia soluciones que nunca podrá haber para los viejos.
-¡Si acaso te callaras...! -le decía.
Y siempre fue el abril un mes lluvioso que abrió su corazón a aquellas quejas cantadas en salmodias prolongadas.
Ahora, reviviendo viejos tiempos, buscaba en cada senda aquellos seres de tiempos ancestrales, esos seres que existen donde vive la leyenda. Ahora, reviviendo aquella infancia, jugaba a sospechar que había visto quizás en la hojarasca el movimiento de un hada que se quiso esconder pronto. Ahora, recordando aquellos cuentos, soñaba con enanos y con brujas, diciéndose a sí mismo que eran ciertos los elfos que flotaban en el aire. Ahora, recordando la poesía, jugando a conquistarla nuevamente, vivía recitando las historias contadas por los viejos de otro tiempo.
-Debieron existir esas criaturas...
Solía dialogar consigo mismo, queriendo ser de nuevo aquel muchacho dejado atrás después de mil decenios.
-De modo que la lluvia nos inspira.
Tenía los defectos de los necios que escriben poesía sin el arte, dejándose llevar por sus instintos. Y hay algo vanidoso en este rasgo. Lo cierto es que tampoco era un hipócrita y un algo de la lírica llegaba, sincera, al alma triste que sufría, dejando que el dolor se hiciera prosa. Amaba la poesía como nadie: sus versos eran pródigos, fecundos, llenando de tristeza el calendario, pero en abril tomaba más arranque. Los otros padecían en silencio: parientes, familiares, los amigos callaban su cansancio, la fatiga de tantas reflexiones subjetivas. Sabed que los poetas son cansinos y el gusto por la voz de la poesía requiere de paciencia, muchas veces, pues nunca hubo un poeta llevadero.
Solía repetir a sus sobrinos:
-Hay algo del ayer que nos permite volver a la niñez y ver los trasgos, los diaños y sumicios de la casa.
Solía comentar al vecindario:
-Hay algo de la infancia que o muere, que vuelve a despertar, pasado un tiempo, y viene a darnos alas para todo.
Solía insistir siempre en la farmacia:
-Hay algo todavía entre nosotros de aquello que ya fuimos que renace, dejándonos mirar con otros ojos.
Decía al revisor en los vagones:
-El mundo que habitamos pide acaso mirar con amplitud, saber más cosas, pues algo hay de verdad en la leyenda.
Volvía a repetirle a la enfermera:
-Los cuélebres de antaño, los de entonces, murieron, pero queda su misterio, perdido en los umbrales de lo ignoto.

"De modo que la lluvia nos complace...
Desciende de la altura lentamente,
nos roza con su brillo cristalino,
su beso delicioso y apagado...."
De modo que la lluvia nos complace...
La lluvia que refresca el campo todo
pudiera hablar de historias a los niños,
diciéndoles los seres que se esconden..."

Diréis que don Quijote ha regresado. Yo os digo que revive don Quijote, si es cierto que hay poesía en este mundo poblado de misterios insondables. Diréis que muchos locos andan sueltos. Yo os digo que los locos son los genios que inventan fantasías de la nada, no solo por batirse con el tedio. Diréis que tantos versos valen poco. Yo os digo que un poema es siempre bello, si, al menos, quien lo escribe quiere hacerlo con ritmos y sonoras melodías.
El caso es que en su cuarto, en la mesita, guardaba, en un cajón, aquel cuaderno, y en él iba apuntando versos raros y rimas arbitrarias a su gusto: "De modo que la lluvia nos complace." Así le oyeron siempre los amigos, los primos y vecinos, los sobrinos, pues nunca renegó de sus ideas. Y vino abril con soles y con lluvias, y, en tanto, convenciéndose de todos sus sueños y locuras, deliraba, cantaba el verso alegre de improviso:
-De modo que la lluvia nos complace...
Y entonces los centauros de los bosques llamaban con sus gritos al silvano callado en la floresta y a las ninfas. Los duendes, temerosos, se ocultaban. No lejos, las ondinas, asustadas, volvían a la hondura de las fuentes, las charcas y mansiones que tenían.
Y hablaba de crepúsculos y auroras, también de aquella lluvia interminable, de todos los recuerdos sugeridos, del niño que enterró en aquellos tiempos. La lluvia era el motivo favorito:
-De modo que la lluvia nos saluda, nos roza, nos inspira y nos deleita, queriendo regresar a aquellas tardes...
La gente se cansaba de escucharlo:
-De modo que la lluvia nos abraza, nos besa con su cuerpo, humedeciéndonos, acaso regalando su existencia...
Llegaba a ser fatal, desesperante:
-De modo que la lluvia nos sugiere momentos retenidos en la psique, libera nuestro ayer, nos lo devuelve...
Y entonces prolongaba sus tiradas, igual que los juglares del medievo, cantándole a la lluvia sus victorias sobre el olvido gris de nuestros días:
-¿Podrán las horas tristes del crepúsculo, calladas como el beso humedecido del aire, tras la lluvia, renovarnos, llevarnos a ese mundo del olvido? ¿Podrán recuperar aquellos días? La luz de la mañana era tan bella como el coral que duerme en los abismos de mares tan profundos como el alma. ¿Podrán recuperar aquellos tiempos? Quizás traigan las botas que calzamos en tardes de tormentas encendidas y charcos que pisar junto al camino. (¿Y charcos que pisar junto al camino?). Pues hubo en otro tiempo mucha lluvia y aquellos charcos tristes se ofrecían, pacientes, al afán de nuestros juegos. Hay algo de inocencia que se pierde, y hay algo de verdad en la inocencia, si acaba de morir cuando uno deja la infancia que se va desvaneciendo.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez
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