Los tiempos de pedal y bicicleta

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Los tiempos de pedal y bicicleta

Notapor Jrma el 03 May 2017, 11:58

José Ramón Muñiz Álvarez

"Los tiempos de pedal y bicicleta"

La lluvia que, insistente, nos alcanza, nos habla de la muerte del verano, llegados ya los días de septiembre. Desciende sin apuro sobre el bosque poblado por las hojas del helecho que duerme bajo densos castañares. Desciende sin apuro en las veredas que esconden eucaliptos y robledos que vieron esas tardes de la infancia. La lluvia nos fascina y nos reduce con ese encanto mágico que sabe llenarnos de febril melancolía. Su llanto nos deleita, nos transporta, llevándonos a un tiempo de la vida distante pero dulce, muy querido. Sabed que la niñez no muere nunca, después de consumida, que revive, que vuelve a despertar en los adultos. La lluvia nos devuelve aquella infancia, si el sol se asoma, tímido, y dibuja sus luces en un cielo tan voluble. Entonces la añoranza nos entrega capítulos perdidos hace tiempo que siempre fueron parte de nosotros. La gente vive unida a los paisajes que pudo comprender cuando, en la infancia, corrían por la vía tantos trenes.

Los trenes que fascinan a los niños son mucho más que trenes, pues evocan un tiempo del ayer, muy diferente. Hablar de un tiempo bello, aquellas épocas, se torna en emoción mientras la lluvia nos hace recordar los viernes tristes. Tal vez los aguaceros desterraban los sueños del verano moribundo, dichoso ante el recuerdo que lo admira. Aquellos eran días muy distintos, y entonces era bello hacer camino con una bicicleta por los montes. Hallar sobre los campos un milano, mirar a las ardillas en las ramas podía ser a veces la aventura. Los ojos de aquel niño siguen vivos y habitan el recuerdo en los cajones que pueblan el jardín de la memoria. Y yo quiero volver a esos recuerdos, mirando las cortinas de la lluvia, gozando las cortinas de la lluvia. De pronto la humedad huele a pasado, y, haciéndome pasado con la lluvia, intento ser abrazo de la lluvia. De pronto se confunde, en el presente, la lluvia de otras veces, esa lluvia que pudo ser la misma que recibo.

Y vuelvo a caminar por los caminos que pude caminar en los ochenta, después de que el verano se acabase. La tierra humedecida huele fuerte, también las arboledas que custodian la vieja carretera de esas tardes. Aquella carretera era la ruta que pude conocer en excursiones fugaces, cuando no tocaba playa. Y vuelvo a caminar por los caminos, soñando que regresa el que solía, y al tiempo soy yo mismo en el presente. Y el loco enamorado de la lluvia desea, como siempre, esa añoranza que tienen las Asturias donde habito. No falta la niñez, y, sin embargo, me van faltando a veces tantas cosas... No tengo a las abuelas, por ejemplo. Y vuelvo a los caminos del entonces, soñando que soy yo, sin ser acaso la voz que fui de niño en otro tiempo. Y acaso los fantasmas me recorren y busco en la aventura de la vida los tiempos que se fueron para siempre. Por eso, junto a Góngora y Quevedo, procuro las extrañas reflexiones, no lejos de una torre ya ruinosa.

La torre, en la parroquia de Perlora, domina, desde Yavio, los lugares que quedan bajo la colina suave. La hiedra la ha tomado, y con la hiedra parece que los siglos que supieron su historia resucitan al mirarla. Por eso recordar esa esa colina se vuelve interesante, filosófico, tal vez para encender mis reflexiones. Y la meditación se hace camino y vengo a sumergirme en pensamientos curiosos, peregrinos y amargados. Acaso la niñez fue diferente, poblada por insólitos momentos de risas repentinas y alegría. Y quiero ser alegre como entonces, preciso ser alegre como entonces y pido ser alegre como entonces. Y hay algo de alegría en las tristezas que encienden algo mágico, secreto, callado en la memoria, silencioso. Es algo inaprensible y nunca dura, si no es escasas décimas, pues vuela, se va de nuestras manos como el agua. Y es mezcla de alegría y de tristeza, y es algo de pasado y de presente, fundidos en la mezcla más absurda.

Tal vez en la poesía los recuerdos avivan el pasado ya vivido, si quieren los caprichos de las lluvias. Tal vez en la poesía los recuerdos despiertan del letargo en el que existen y cobran esos reinos de otros días. Tal vez en la poesía los recuerdos nos hablan de nosotros, nos anuncian aquellas aventuras olvidadas. Y, viendo en la poesía esos poderes que arrastran a vivir en otro tiempo, se siente uno de ayer, y va dejándose. Dejarse es regresar a lo vivido, volver a repetir esa vivencia, querer ser algo más de lo que somos. Dejarse es ser el agua del arroyo, ser agua de los cielos, ser la lluvia, que sabe recordar aquellas épocas. La música también nos hace a veces fundirnos en las noches más oscuras de toda la materia que era olvido. Y todos los paisajes olvidados pudieran renacer con sus colores, más vivos que una foto en blanco y negro. Pues todos los olvidos resucitan, si suenan esas músicas de entonces, los valses de otros años más felices.

Por eso escribo versos cada día: los versos se me antojan la manera de hallar al niño alegre de otras veces. La vieja bicicleta está en su sitio y es fácil recordar las pedaladas difíciles en cuestas y senderos. Aquellas pedaladas exploraban la llama más febril del sol vencido, su luz en las Asturias de llovizna:

"El gris del cielo hiere con su espada

las luces de la tarde, pero sigo

la senda a mi capricho, como siempre.

Los viejos castañares me saludan

y, triste, el eucalipto me contempla,

veloz, dando pedal, sin pisar freno.

De pronto, tras los densos nubarrones,

se siente la llamada de la tarde,

herida por el gris de la llovizna."

Las nubes hablan siempre de tristezas y, triste, me encamino en el paisaje, y un denso olor a bosque me sorprende. Parece que me pide este poema que escribo, melancólico, a la noche, soñando el parto triste del otoño. Y el parto siempre triste del otoño vendrá con un disfraz dichoso y grácil, oyendo la opereta y su rubato.

"Los meses del otoño son de estudio,

de casa y de paseos no muy largos,

carentes de las viejas libertades.

La lluvia en las Asturias nos convierte

quizás en los amantes de la lluvia,

detrás de los cristales de las casas.

Y hay algo sugerente en las ventanas

bañadas por las gotas de la lluvia,

los tonos de humedad en los tejados.

Parece que la lluvia nos deleita

con cantos silenciosos, si, en la cama,

se escuchan sus conciertos mansamente.

Llegada la estación de los paraguas,

Asturias y Galicia, juntamente,

se visten con color de chubasquero.

Y el puerto y cada playa de estas zonas

naufraga en la tristeza y abandono,

si no corren los niños por las calles."

Diréis que soy un cursi porque escribo tristezas sin razón, versos extraños que saben lamentar fugacidades. Quizás la juventud no es muy prudente, si debe cavilar, como cavilan los viejos, sobre todos los asuntos: la vida precipita su camino y el tiempo nos devora cada día, robándonos las horas que nos dieron.

Las voces del Barroco siguen vivas en los papeles viejos de los siglos, diciendo está verdad que nos ilustra: la muerte que nos ronda hace el momento del tiempo de vivir algo precioso y todos los recuerdos interesan. Pensad en la niñez y en sus afectos, pensad en el amor de las abuelas, pensad en los amigos del entonces. Y el tiempo nos lo quita sin aviso, su paso nos lo arranca sin aviso, sus golpes nos abaten sin aviso. Será que, sin aviso, nos condena, con esa bofetada repentina: la falta de un pariente, un ser amado. Y en ello se ve claro ese destino que no ha de evitar nadie en este mundo: la muerte que vendrá temprano o tarde. Y no debo insistir en esta idea, pero también existe la nostalgia de aquellos herbazales, los maizales... Los viejos eucaliptos y los robles, los viejos castañares de la zona me entienden, como viejos, si lo digo. Y el tiempo os hará ver las ilusiones que encienden los recuerdos silenciosos que traen las humedades de la lluvia.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez
Jrma
 
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