Las horas del crepúsculo

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Las horas del crepúsculo

Notapor Jrma el 03 May 2017, 12:01

José Ramón Muñiz Álvarez

"Las horas del crepúsculo"

Las horas del crepúsculo se encienden: la noche va arrimándose, serena, detrás del horizonte, entre las nubes, queriendo conquistar su viejo imperio; la sombra va adueñándose de todo y el mundo queda inmerso en su dominio, sabiéndose dominio de la nada; la densa oscuridad de los ocasos domina el viejo idioma de la muerte, y todo se ha callado de momento.

Las horas del crepúsculo se pierden: los rayos se abandonan a lo lejos, sus brillos se aletargan y, de pronto, nos quedan solamente las estrellas. Y, entonces, porque ya la primavera pretende hacer camino entre sus bosques, se escuchan mil sonidos alejados. Y oyendo tales mezclas de sonidos, oyendo el pulso triste y tan distante, percibe uno de nuevo aquellos días.

Los tiempos de la infancia han regresado: respira el alma el aire humedecido y acierta en el espíritu una idea que arranca las verdades al olvido; la brisa se hace amable y, caminando, contemplan los paisajes de la noche los ojos que los vieron otras veces; el aire es agradable con la gente que deja que se escapen, entre brumas, recuerdos de un ayer que ya no existe.

Los tiempos de niñez se desvanecen: atrás quedan los cantos del cuclillo, perdido en la hojarasca, entre las frondas, sabiendo sospechar mil aguaceros. Atrás queda el abril de aquellos tiempos de lápices, cuadernos y de tizas, de lluvias repentinas y arco-iris. Atrás quedan también las esperanzas volcadas sobre sueños imposibles que pueden habitar en la inocencia.

Y entonces uno escribe para nada: tal vez en el sabor del desengaño se encuentra la respuesta a los motivos que están detrás de todos los que escriben. También pudiera ser que la nostalgia nos haga poner siempre por escrito recuerdos que se pierden al instante. El caso es que estas cosas no interesan jamás a los lectores, si hay lectores, que puedan acercarse a nuestras líneas.

Al menos fue la forma en que lo vieron:

-No sirven para nada los escritos que evocan las tristezas subjetivas -dijeron sin dudarlo ni un momento: José no comprendía aquel desastre de versos esparcidos por el mundo, sin un lector que osase a abrir un libro. Ramón hablaba siempre del fracaso como un destino cierto, ese destino que no lamentó Muñiz al ver sus obras:

-No sirve para nada la poesía.

¿Palabras derrotistas, solamente? Pues Álvarez, quizás desesperado, soñaba con dejarlo para siempre. Quizás así arrancase la amargura de verse en el absurdo que sorprende, sin ánimo, al autor de tantas páginas:

-No quiero escribir más, no vale nada.

Ninguno dijo entonces que era pronto. Los cuatro, decididos, se juraron dejar la pluma al fin, dejarlo todo y abandonar la lira de los sabios. Los cuatro, decididos, prometieron borrar en el olvido su esperanza, su fe en la expectativa más inútil. Los cuatro, finalmente, concluyeron que nunca abandonar es cosa fácil, y todos escribieron nuevas cosas.

Las horas del crepúsculo lo dicen: la noche va arrimándose, serena, detrás del horizonte, entre las nubes, queriendo conquistar su viejo imperio; la sombra va adueñándose de todo y el mundo queda inmerso en su dominio, sabiéndose dominio de la nada; la densa oscuridad de los ocasos domina el viejo idioma de la muerte, y todo queda escrito para siempre.

"Las tardes del verano perdieron sus rigores"

Las tardes del verano perdieron sus rigores: septiembre vino triste y melancólico, robándoles la luz de aquellos días, y el sol, acaso débil, después de pronunciar una derrota, se rinde, sin embargo, con orgullo. Las clases dan comienzo y atrás quedan las playas, los días del silencio de las playas, las horas de la calma de las playas, y el aire misterioso, que corre, juguetón, con su alegría, podrá borrar el tedio con su beso. Diréis que el Sol Invicto regresará en diciembre, y, en tanto, por lo pronto moribundo, lo vemos retirarse a su crepúsculo, como un anciano triste, dejando la ilusión en el camino, como una joya vil que ya no brilla. Y hay luz en cada puerto y hay sol en cada costa: pensad que con septiembre los veranos empiezan a morir, pero su fuerza persiste más allá, dejando atrás los días del octubre, llegando sus suspiros a difuntos. Y hay luz en cada valle y hay sol en cada monte: las tardes pueden ser aprovechadas y es bello aventurarse entre los árboles, jugando en los lugares con esos "walkytalkies" de la infancia que habrían de volver a regalarnos.

Así fueron los años dejados hace tiempo: los niños eran antes más dichosos, más ágiles y alegres, porque, libres, jugaban a sus anchas, hallando los paisajes siempre verdes que dan la libertad al que la pide. Las cuestas, como hoy día, se hacían trabajosas:

-Tú sube y pisa bien, porque patina -le oyeron a Daniel en pleno monte, perdido entre los árboles, amigo de castaños y de robles que aguardan los crepúsculos de otoño.

Los otros escuchaban atentos sus palabras, queriendo improvisar aquel camino, buscando, procurando la aventura, creyentes en sucesos de los que se contaban en la aldea, leyendas del ayer en el olvido. Los riesgos eran otros pisando aquellos suelos.

-No es fácil, porque el barro se nos pega -le oyeron responder al más pequeño, capaz de mantenerse, cogido a un palo seco que era el báculo que hincaba, sujetándose con furia.

-Ten ánimo, que estamos muy cerca de la cima.

Hoy día nuestras vidas son distintas al tiempo de prisión y libertades llegado con los viernes, después de la salida del colegio, llevando la merienda en la mochila.

Atrás queda la sombra de densos eucaliptos: pensad que esos lugares eran densos igual que la espesura de la noche que se hace impenetrable, que no deja llegar al ojo atento que busca entre tinieblas el camino. Atrás quedan las nieblas de la niñez perdida: entonces era bella la ventana bañada por aquellas humedades llegadas del océano, si entraban por la mar, que era esperable, después de todo, al lado de la costa. Atrás quedan leyendas en labios de los viejos: nosotros las creíamos a veces, y, a veces, con no poca desconfianza, mostrábamos un juicio más propio de las gentes racionales, burlándonos de aquellos disparates.

-Quizás tiene sentido pensar que en el pasado los cuélebres poblaron esta zona -decían a Daniel sus compañeros-. Tú piensa que eso es lógico: fue un tiempo muy lejano y ya no quedan criaturas de esos tiempos de leyenda.

El tiempo fue corriendo, robando la inocencia, y, al ver que la inocencia, como el cuélebre, ya es cosa de otros tiempos olvidados, supongo que soy viejo, que vuelvo a ser un niño solamente cuando ese niño vuelve de otras épocas.

Las tardes del verano perdieron sus rigores...


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez
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