El desencanto hechizado

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El desencanto hechizado

Notapor Jrma el 03 May 2017, 12:06

La resignación es percibida, muchas veces, como un momento de calma; tal vez como ese momento de quietud en que podemos ver el brillo del sol lejano, filtrándose entre las copas, todavía pobladas, de los árboles -supongamos que fue una tormenta de verano-, o por los campos, reflejando sus oros en los verdes, en esas humedades que la lluvia dejó atrapadas en los verdes, minutos antes, cuando, de manera insistente, azotaba con gana los ventanales.

-¿Quieres decirme qué estás pensando?

Era inútil decirle nada.

-¿Quieres decirme qué estás pensando?

Y él pensaba, mientras oía la pregunta como el que escucha un rumor lejano, que el mal de la esperanza nos hace conducirnos como un navío en medio de la tormenta, siempre buscando un puerto distinto de la frustración. Pero la resignación es una renuncia, un apartarse de los anhelos, un amargo abandonar las aspiraciones que, probablemente, se le antojaba semejante al espíritu pusilánime del que arroja las armas y huye del campo de batalla.

-¿No me oyes?

De pronto pareció volver en sí:

-Ah, perdona, dime -respondió.

Nadie habría adivinado que sus reflexiones discurrían por sendas tortuosas, imaginando un intermedio entre los dos desastres a los que está destinada toda empresa, y, si su mirar suspendido hubiese dado una pista de su concentración, hubiera sido lógico imaginar en una persona de aquella edad que las meditaciones bien pudieran tener que ver con asuntos más banales. En todo caso, interrumpir estaba permitido de antemano; en todo caso, no debe uno quedarse absorto en compañía de otro.

-No, te preguntaba que qué estabas pensando.

No quiso contestar: antes bien, la pregunta lo llevó a una continuidad de las dudas anteriores, que se iban, poco a poco, asomando, desde la trastienda de la conciencia, porque menos importante que lo que pensaba él, era lo que ya habrían pensado otros, o lo que pensarían otros si regresasen: el abuelo, las abuelas, los padres, el abuelo que no conoció, mismamente los tíos... Ninguno de ellos era parte ya de este mundo y todos tendrían, de estar, un interesante punto de vista.

-Parece que te llevó la lengua el gato -le dijo aquella voz de manera insistente a unos oídos que ya no estaban allí, que viajaban por el espacio y por el tiempo, como yendo a algún lugar y a algún momento prendidos en el recuerdo, tal vez esos acontecimientos que recordamos como no fueron, porque, realmente, nunca fueron así.

-Al final, uno siempre tiene que tirar del carro en la situación en la que se ve -hubiesen dicho los más mayores. Es lo que pasa con la gente a la que le tocó la guerra.

-No debes ensimismarte -le dirían sus padres, que lo conocían bien-. Las cosas saldrán como deban salir.

-Siempre tan indeciso -le hubiesen reprochado los tíos, como empujándolo a empresas más alocadas.

Pero, de golpe, desaparecieron aquellas imágenes, y ya no pudo ver el mar lejano, la espuma, los acantilados, las colinas y los eucaliptos, el denso verde del helecho percibido en la distancia, porque no estaba en las cercanías del pueblo ni en los paisajes de ayer, ni podía hablar con los difuntos, cuya voz imaginaba con un timbre desdibujado. Y no fue la voz de Marta, a medio vestir, la que lo sacó esta vez de sus ensoñaciones, sino el sonido agreste y violento del vocerío levantado contra el motorista que pasaba, alborotando la calle y la marea de carcamales que cruzaban desde el parque a esas horas.

-Entiendo que hay algo que no quieres decirme -le susurró Marta, en tono de reproche.

Las mujeres siempre adivinan que hay algo que no queremos decirles y se empeñan en sonsacárnoslo.

-Cuestiones mías, asuntos que tú no entenderías.

Pero las mujeres se empeñan siempre, siempre hay que compartir con ellas lo que queremos callar.

-Dímelo.

-No.

-Dímelo.

-No.

-Dímelo.

-Que no.

También yo estoy seguro, como lo estaba él, de que no hace falta leer ni dos páginas de Schoppenhauer para entender lo tornadizo que es cada momento en la vida, cuando se quiere algo, porque la infelicidad de la derrota es un mal terrible del que no podemos curarnos con el mal de la renuncia. Y, al final, siendo uno todavía muy joven -pero no tanto que se pueda decir que es uno un chiquillo-, empieza a comprender que las cosas no son tan fáciles, que, en el decurso de la existencia, los éxitos son un premio azaroso que llega de manera antojadiza, no por los propios méritos, y que, a la postre, más que recoger lo cosechado, se encuentra uno ya con no pocas pérdidas: la inocencia de la niñez, los paisajes de entonces, los parientes y amigos, la familia más cercana se convierten en un aliento nostálgico con el que adormecerse en un sillón un día de lluvia. Pero las mujeres se empeñan siempre, siempre hay que compartir con ellas lo que queremos callar... ¡Y hay tanto que callar!

La adolescencia de nuestro personaje, como la nuestra, es mucho más que espinillas en la cara y el despertar de los primeros instintos; la adolescencia de nuestro personaje, como la nuestra, es un complejo torbellino de preguntas donde nada se resuelve de manera fácil, y ni Dios ni el catecismo, ni la voz sabia de los abuelos ni de los padres, ni la experiencia de los compañeeros mayores que conocemos del colegio tendrán valor aquí. Básicamente, cuando uno llega a los once años, empieza a perfilar de manera madura aquello que no le han permitido considerar antes, y, precisamente por ello, aparecen las preguntas que no podrán dejar de perseguirlo durante toda la vida. Y esas preguntas, unidas como las cuentas de un collar de perlas, en un a dónde vamos y de dónde venimos, acaban por ser una misma pregunta: la del destino. Y las mujeres se empeñan siempre, Marta se empeña siempre, a pesar de que ella no podría comprenderlo.

Marta, a medio vestir, no deja de ser esa mujer hermosa de pechos perfectos a la que todos quieren por la perfección escultórica que invita a los placeres. Por lo demás, en ella no hay nada trascendente, ninguna voluntad de desentrañar el ser, el propósito de la vida, los impulsos que genera. Para ella es todo más fácil: pintarse los labios, las uñas y las pestañas es una forma de pasar el rato, gozando de la propia presunción, inocentemente, puerilmente, como una niña pequeña, ajena a todos los grandes asuntos que uno no puede solucionar con todas las luces de la ciencia y de la razón.

-Dímelo.

-No.

-Dímelo.

-No.

-Dímelo.

-Que no.

Pero esta no es una cuestión de machismo: si algunos hombres son tontos, no existe una razón para creer que no existan mujeres tontas. Y esto no es hablar, desde luego, de una falta de inteligencia: las mujeres más frívolas, para ciertas cuestiones, pueden sorprendernos con su buena cabeza, si se les da la oportunidad de demostrar sus cualidades organizativas. Pero pensar en lo evidente no iba con Marta, regalada ella a la blanda comodidad de ese presente que no se pregunta por el mañana, a lo mejor de manera sagaz, sospechando que la respuesta podría resultar poco grata. Y, entre la resignación y el anhelo, retenido en una reflexión sin futuro, estancado en un callejón sin salida, que es lo que suele pasarle a las gentes que lo piensan demasiado, le dijo apaciblemente:

-Quisiera ser como tú, vivir como tú, existir como tú, que eres feliz con solo ver caer la lluvia desde el cielo.

Y, a través de la ventana, el aire meneaba, regándolos con la lluvia, los follajes del verano moribundo, alumbrado por un sol tímido que se asomaba, plácido, tras los densos nubarrones; aquellos nubarrones inocentes que ignoraban los malos pensamientos que llegaban a asomarse a la claridad racional de su mente, porque, mientras meditaba todos sus fracasos, nuestro protagonista soñaba con el consuelo de volver a morder la blandura de los pezones de la chica.

-¿Cómo que como yo? -preguntó ella, más inocente que los nubarrones.

Él la abrazó.

-¿Cómo que como yo? -preguntó ella, más inocente que la lluvia.

Él la hizo sentarse sobre sus piernas.

-¿Cómo que como yo? -preguntó ella, sin obtener respuesta alguna. Y era lo más habitual que él no contestase.

Días atrás, en la cafetería Colombina, con las amigas, Marta, amiga de cotilleos y habladurías, además de poner a más de uno en la picota, no dudó en confesar algunos detalles, solo sentimentales, eso sí, de su singular relación:

-El caso es que Pablo es de lo más intelectual.

Sonreía alegremente al decirlo, y era cierto. Muchas veces le leía sus poemas, sus prosas, sus creaciones:

"La lluvia descendía lentamente,

dejando su caricia en los caminos:

los arces escuchaban su sonido,

las brisas refrescaban sus alientos,

la tierra se empapaba con su llanto.

Y el brillo de las gotas silenciosas

brillaba, sin afán, tras la ventana:

gritaban al chocar con los cristales,

corrían lentamente su camino,

querían deslizarse con paciencia.

La luz del sol filtraba lentamente

los oros encendidos, su alegría:

sus llamas dibujaban sus reflejos,

lucía en lo lejano el arco-iris,

sus luces se tornaban melancólicas."

Los poemas de Pablo, por lo general, solían prolongarse hasta lo indecible:

"La música seguía siendo triste,

después de aquel verano caluroso:

las voces del otoño estaban cerca,

los cielos presentían su llegada,

las playas escuchaban su concierto.

Y él era la batuta responsable

de toda la belleza y la añoranza:

ella era como un baño de inocencia,

sus ojos eran puros como el cielo,

sus labios eran mares acallados..."

A Marta no le gustaba tanto la rítmica de aquellas prosas, si lo eran, como poder presumir de pareja: "La noche que nos llena -decía siempre Pablo-, la luna que nos llena, sus colores, pudieran repetir la miel vertida sobre un paisaje siempre sugerente." Solía ella escucharlo y se dormía, cansada de aquella prosodia que casi le parecía la letanía del señor cura, cada domingo, cuando oficiaba la misa: "Los brillos de la luna -decía siempre Pablo-, los llantos de una estrella que suspira y el eco de la noche y los ladridos suponen los paisajes que te digo." Y ella se imaginaba la novela que Pablo podía crear y no creaba, dudando a veces, si no la estaría engañando con aquellas palabras cadenciosas, que, probablemente, más que poesía auténtica, podrían ser un embuste, una estafa pronunciada de manera pretenciosa: "Los brillos y la escarcha -decía siempre Pablo-, que saben tus secretos y los míos, que vieron nuestros besos y los míos, que oyeron tus suspiros y los míos."

Durante cierto tiempo, él pretendió que leyera, que descubriera un mundo más amplio, que fuera capza de sumergirse, como es lógico, en un sueño que fuera una locura (los sueños siempre son una locura), que amase la música, que tocase un instrumento, que tomase los pinceles. Imposible. Pero las demás escuchaban a Marta con atención, cuando hablaba de su pareja:

-Sabe de todo: lee, pinta, escribe, habla de filosofía...

¡Le gustaba tanto mostrarse relamida ante las demás muchachas!

-Escucha a Wagner, habla de Wagner y sus proyectos...

Sabía que sus comentarios se clavaban como alfileres en la autestima de sus compañeras.

-¿Y no es muy viejo? -le preguntaban. Y, donde ella no podía ya vender al príncipe azul, decía:

-Es todo un caballero, y un amante.

-¿Y no resulta muy pesado? -le decían.

Ella suspiró, y, tras un silencio, admitió que sí podía serlo algunas veces:

-No siempre me entero de lo que me cuenta.

Hablaba de cosas muy complicadas y ella fingía escuchar, soñando con bosques habitados por unicornios tal vez. Heidegger y Sartre no eran plato de su gusto, ni Góngora y Quevedo; pero no es que no conociera a Bousoño ni que no leyera a Garcilaso de la Vega, ni que le importase muy poco esa extraña quietud reconcentrada, casi ridícula, de los eleatas. Marta quería existir simplemente, existir sin esa madeja de preguntas que acaban por complicarlo todo.

-¡Dichosos los tontos, porque ellos serán felices! -le oyó decir a Pablo alguna vez.

Y Pablo era, en verdad, un hombre profundo, atento a los detalles en apariencia más insustanciales: la lluvia en el asfalto podía ser la razón de un soneto, el brillo de la lluvia sobre la hojarasca desprendida de los árboles podía ser la razón de un cuadro. El amante de la música podía perderse eternamente en los laberintos de lo sugerente cuando, al llegar septiembre, le apetecía escuchar a Vivaldi, mirando, en lo lejano, los rayos de un sol malherido.

-Mira que eso es como casarse con una enciclopedia -le había dicho alguien.

Pero no era cierto: a pesar de tener sus cosillas, Pablo era divertido, alegre, dichoso... Compartía con ella, sin estar casado, su casa y su hacienda, como si fuesen realmente marido y mujer, y, así, los dos amantes, entre las obligaciones del trabajo (ella también iba a la oficina), y los momentos de asueto, siempre encontraban lugar para exiliarse de las mezquindades de la realidad y encontrar un mundo propio.

-Eso debe ser el amor -pensó Marta en más de una ocasión. Pero el amor sigue siendo un misterio para todos y son muchos los que han amado sin saberlo, y no son pocos los que, sin hacerlo jamás, creen haber amado más que ninguno.

¿Pero es tan importante el amor? Esta pregunta, digna de Pablo, me parece sugerente a mí mismo. Y es que se ha consagrado el amor, tal vez, por obra de la poesía, de las óperas, de las fantasías del arte, como una fuerza imparable que en la realidad resulta mucho más átona y menos significativa, mucho menos trascendente, en un mundo de telediarios con sus bombas, sus guerras y sus accidentes: lo verdaderamente importante son los beneficios económicos, y la poesía y el arte parecen un despilfarro del pasado, una pérdida de tiempo a los ojos de los políticos y los economistas, pero también "una necesdad antropológica", en palabras de Pablo. Y una forma muy cursi de ensalzar el amor.

Y, cada noche, a los niños se les cuenta un cuento, pero no eran cuentos de unicornios los que Pablo le contaba a Marta:

-La sustancia de la poesía es una suerte de música capaz de sugerir la plasticidad del universo ante nuestros sentidos y de encender las luces del intelecto con sus contenidos -le contaba entre jadeos.

-La esencia de la filosofía, ya desde los presocráticos, solamente puede tomar cuerpo en la expresión poética, única forma de poder expresar conceptos que ya son parte de lo inefable -insistía.

-La historia comprende ciclos que parecen tener una equivalencia con las edades del hombre, y la experiencia poética tiene ya la mayoría de edad para ser, incluso, un saber más que un arte -le contaba.

La hora de acostarse venía con estas conferencias a deshora, ya entre las sábanas, mientras ella repetía: "Más, más".

Y Pablo, el hombre del saber, el hombre del conocimiento, dejando la teoría al margen, como nosotros -como yo, que os lo estoy contando, y como vosotros, que me escucháis-, se daba perfecta cuenta de que toda aquella pantomima era más que necesaria, y sabía lo importantes que son los presocráticos hasta para echar un polvo, porque la versatilidad del alma femenina, su retorcido carácter, además de vivir para la singularidad del placer y la experiencia del momento, abre todo su egotismo de cara a la galería: en la mujer, en Marta, sin ir más lejos, se hacía presente esa notoria necesidad de aparentar lo que no se tiene, de cubrir las carencias propias, sus defectos, su propia frivolidad, su desinterés, escondiéndose, como el que se tapa con un abrigo del frío del invierno, en las certezas, en la firmeza y en los conocimientos del hombre que la acompañaba.

Por eso ella no necesitaba leer, no necesitaba pintar ni escuchar aquellas músicas raras, aquellas óperas infinitas, aquellos compases de otros siglos, ni necesitaba crecer ni amar la perfección, si suspirar con Bécquer, como todas las quinceañeras, con algo de cabeza -los que no, todavía leían menos-; o, al menos, no lo necesitaría mientras Pablo estuviera allí: mientras él fuera su custodio, su guardián y su señor, él pensaría el destino, los desastres de este mundo, las imperfecciones del sistema y todos los valores de la cultura, y ella podría regalarse a pintarse los ojos, los labios y las uñas. Porque, donde existe un hombre, no es necesario que la mujer sea sacrificada.

Robustiano, hombre al que su nombre le hace los honores, al acostarse, suele dar golpes con el palo de la escoba, intentando hacerse notar por parte de la pareja, la cual comparte las mieles en su lecho sin respeto de ninguna clase; y es difícil conciliar el sueño cuando alguien habla, entre jadeos, de cuestiones tocantes a las más altas cimas del intelecto, y suspira mientras le piden más y más, sobre el fondo musical de la "Quinta" o la "Pastoral", sugiriendo afectadamente la proximidad del éxtasis compartido:

-Están locos -dice las más veces, mientras se rasca el cogote-, pero voy a quejarme al presidente de la comunidad de vecinos. Y los hay que son insistentes: tras tantos años quejándose, sigue esperando.

Pero también están los comentarios de Paquita, la de arriba:

-¡Un escándalo! -comenta la buena beata-. ¡Es esta generación que no tiene vergüenza!

Paquita -ustedes la perdonarán- es una mujer de edad muy avanzada.

Y, sin saber cómo, ahora, mientras va en el autocar a su trabajo, o cuando vuelve, Marta escucha dentro de su cabeza, como si se le hubiese pegado, como algo aprendido en cada meneo, la fantástica música de Liszt y sus "Prèludes", supuesta meditación programática de la vida que culmina con esa marcha triunfal hacia la muerte, mezclando sugerencias de la batalla y un ambiente pastoril que rezuma un extraño y sugerente bucolismo eglógico. Los poemas sinfónicos pueden ser asequibles a quien nunca se ha parado siquiera a considerar que la música es un lenguaje precisamente por el carácter universal que a la música se le supone.

Pero lo que no saben algunas, y lo que no sabe Marta tampoco, es la forma en que los hombres se fijan en las mujeres, la consideración a la que Pablo ha llegado, condiderando lo que observa: no en vano, Marta quiere regalarse a la protección que le brindan, eso sí, sin la humillación de saber que, realmente, la felicidad que goza es la de entregarse en las manos de quien la sostiene como una florecilla, algo menos que esos primeros lirios que brotan en el camino y cuyo porvenir vendrá escrito con dureza por la siguiente helada que las habrá de marchitar.

Pero ¿qué diría si supiese lo que Pablo piensa de ella? Y es verdad que ese desengaño se torna innecesario: Pablo nunca es inoportuno, Pablo nunca habla de ella, Pablo nunca deja traslucir matices condenatorios, cuando se trata de lo que ella hace: basta hablar del sol y de las nubes, de la poesía y los efesios, del devenir y de la música, sí, siempre la música, porque hasta para hacer el amor Karajan está en un primer plano.

¿Sabrá ella que toda esa felicidad está al borde de la ruptura? Y no es que Pablo haya encontrado mejor sucedáneo para calentar su cama, sino que su mente, cerebral y lúcida, en la comprensión de su derrota, plantea con toda crudeza, sumido en un ánimo melancólico, como ya hace tiempo, el dilema más absurdo: la esperanza nos engaña y la resignación nos angustia. Ella ignora, en su bosque de abedules, poblado por unicornios e hipogrifos, que hay jardines sin flores donde el gris de la frustración toma el lugar al lado de la fuente de mármol, justo allí donde deberían brillar, más coloridos que nunca, los rosales de la dicha. Pero los hombres que viven en el empeño de lograr algo que no se les exige, la mayoría de los que tienen un ápice de inteligencia, acaban cayendo en esa desazón que desata incomprensión en la pareja, que no puede entender las ambiciones de una voluntad menos conformista y más animosa.

-¿Quieres decirme qué estás pensando?

Era inútil decirle nada.

-¿Quieres decirme qué estás pensando?

Y él pensaba, mientras oía la pregunta como el que escucha un rumor lejano, que el mal de la esperanza nos hace conducirnos como un navío en medio de la tormenta, siempre buscando un puerto distinto de la frustración. Pero la resignación es una renuncia, un apartarse de los anhelos, un amargo abandonar las aspiraciones que, probablemente, se le antojaba semejante al espíritu pusilánime del que arroja las armas y huye del campo de batalla.

-¿No me oyes?

De pronto pareció volver en sí:

-Ah, perdona, dime -respondió.

Pero no había nada que decir, no era posible contestar, no tendía sentido explicarse ante una pregunta como aquella, tan fácil de hacer y al mismo tiempo tan inmensa. Y toda aquella dicha empezaría a desgajarse, porque los hombres con cabeza también hallan un escollo en lo evidente. Pero, en todo caso, ¿qué le hubiese dicho a Marta, si, por el contrario, fuera legítimo contar lo más profundo de sus inquietudes? Difícil es aventurar lo que diría, pero tal vez le hubiera dicho lo mismo que, como en una pesadilla extraña, silabeaban a duras penas sus labios mientras dormía, porque de poco le servía, en la duermevela, querer el regocijo del descaso. Él seguía atormentándose con su problema y seguía maltratándose, como pocos, en el deseo de poder darle un significado provechoso a su tiempo.

-No es el miedo a morir, es la conciencia de lo inútil de haber vivido.

¡Cuántas veces le oyó aquellos versos, aquellas salmodias interminables, aquellas palabras llenas de una profundidad que le era desconocida!

"El sueño del espíritu despierta

quizás contradicciones que la gente

no sabe comprender como debiera:

son pocos los que saben que es preciso

luchar con la dureza del absurdo

para poder decir que se está vivo.

El mar de la emoción tiene sus simas,

las fosas que se vuelven un secreto

que no puede alcanzar quien lo pretende.

Tal vez es un castillo inexpugnable

la magna fortaleza que cuyos muros

quisieron doblegar los más valientes."

Día tras día, le recitaba aquellas ocurrencias a las que ella contestaba con una sonrisa cuya falsedad no podía disimular:

"Es una paradoja

querer darle sentido

al triste musitar de nuestra vida:

soñamos que buscamos

un mundo inalcanzable,

y es más inalcanzable nuestro sueño."

Día tras día, sin saberlo, estaban más lejos el uno del otro: ella, cansada de verlo ahogado entre papeles, escribiendo aquellos "requiebros existenciales" vacíos -así los llamaba-; él, soportando el carácter vacuo de su propio ser y de su vida, unido a una amante que no podía aportarle nada, en realidad.

"Es una paradoja

querer, en todo caso,

hallar una respuesta a los enigmas

que empañan lo más hondo

de nuestras voluntades,

extrañas y azarosas en la nada."

Escuchaba todo aquello, pero no lo comprendía. Por eso él no contestó, nunca contestó, siempre guardó silencio cuando ella le preguntaba en qué estaba pensando, y, por esa razón, días más adelante, ella tampoco supo por qué motivo hablaba para sí misteriosamente, como soñando que hacía las maletas, ilusionado en emprender un viaje sin retorno a alguna parte distinta, donde ni los anhelos ni la renuncia eran un estigma doloroso. Y, sí, la resignación es percibida, muchas veces, como un momento de calma; tal vez como ese momento de quietud en que podemos ver el brillo del sol lejano, filtrándose entre las copas todavía pobladas de los árboles -supongamos que fue una tormenta de verano-, o por los campos, reflejando sus oros en los verdes, en esas humedades que la lluvia dejó atrapadas en los verdes, minutos antes, cuando, de manera insistente, azotaba con gana los ventanales. Dichosos ventanales que parecían decirle, por cierto, que Marta era el refugio de todas sus miserias, de todas sus cobardías, la perfecta excusa para no atreverse a vivir. Pero también le quedaban sus escritos:

El grito del granizo en los cristales

irrumpe, sin respeto, en la ventana:

las sábanas y mantas nos abrigan,

el ruido del granizo nos despierta,

la lluvia nos devuelve a nuestro sueño.

Los truenos se conjuran en los valles

que habitan pueblerinos que se asustan:

sus gritos nos hechizan nuevamente,

tu beso hace dichosa su llegada,

tu abrazo hace más dulce ese momento.

Después reina la calma en estas sierras

y todo se confunde en el silencio:

entonces nuestro abrazo se hace cálido,

los hielos nos bendicen desde fuera,

las llamas nos protegen de su azote.

Por momentos, no se reconocía a sí mismo en sus páginas. Eran los versos escritos ya un tiempo atrás para aquella mujer en la que se engolfaba, como el barco que busca un puerto en medio de la tormenta, sabiendo que ella no era un buen asidero al que agarrarse en medio de aquella tristeza, de aquella desolación que iba, poco a poco, minando su voluntad de hacer algo con su vida, obrando el cambio que le hacía falta. Y se daba perfecta cuenta de la ingratitud que representaba no haber sido capaz de convertirla en su musa, tras haberla convertido en un sucedáneo de salvación, en un entretenimiento, en una fuga para todas las angustias reconcentradas de un maniático que, bien mirado, no se conocía a sí mismo.

-Aprender a vivir -llegó a decirse en voz baja, sin que ella lo escuchase- exige tal vez reinventarse a uno mismo.

Y entonces se acordó de la pintura, de los pinceles, de la luz, del color encendido donde aparecía, más bello, más rutilante, en una paleta rica, el brillo que pretende decir un lenguaje adjetivo que es hermoso, pero insuficiente, porque, en lo que atañe a la poesía, no saben sino los locos ver el color de las palabras; porque las palabras tienen un color, tienen una música, un hechizo especial, la magia extraña que nos conduce por esos paraísos inexplicables que, en alguna parte de nosotros mismos, en nuestro cerebro, generan la impresión de lo atrayente.

Sí, Pablo podía rescatar sus pinceles de otros años, los de otras décadas, cuando los paisajes eglógicos llenaban las telas con esos atardeceres soleados que, tras la tormenta -los negros nubarrones estaban todavía en el cielo- le daban un color especial a las hojarascas y a las briznas de hierba, y, con ello, reconquistar a Marta, volver a tenerla para sí, poder volver a amarla como el primer día en que se encontraron, convirtiéndola a ella en la protagonista auténtica de la aventura, si realmente quería posar. Podía recuperar lo que no se había perdido, pero sí apartado, emulando a los retratistas y olvidando el misteriosos verde humedecido del "Políptico del Cordero" y el reflejo del sol en las colinas de los "Molinos" de Brueghel, porque, según supuso, la apreciación de un cuadro mimético de calidad, no en el sentido en que la llevan a cabo los especialistas -esa es ya una cuestión más que compleja-, pide menos a la persona inexperta que otras manifestaciones más intelectuales del arte -el arte moderno siempre le pareció infumable-.

Y sería atraerla, volver a conquistarla, retomar a aquella criatura que, poco a poco, ante él, se iba convirtiendo en una extraña en la medida que él se hacía extraño incluso para sí mismo. Atrás quedaban los cartapacios y cuadernos que ella nunca entendería, aspiraciones filosóficas que ni podían llegar a ser un sistema ni tenían tampoco calibre para transformarse en poesía, versos escritos con un aire decadente al aproximarse a un indigno climaterio que ni gustarían al público ni a la crítica, pero tampoco a Marta, esa extraña con la que compartía su hogar y su lecho, evitando pronunciar la evidencia de que, de tanto amorío, habían devenido en ser dos extraños que tenían que reinventarse. Era una nueva oportunidad y una forma de combatir la desgana y la tristeza de una vida absurda y aburrida que ya no tenía los sabores de una vida emocionante, un nuevo intento de reencuentro con las posibilidades que venían desplomándose en un sueño inalcanzable.

-Borrón y cuenta nueva.

Era como volver a vivir de nuevo.

"Nacen, en ocasiones, desde lo más hondo de nosotros mismos, desde las simas más profundas del espíritu -pensó entonces-, tremendos interrogantes cuya solución, difícil como lo son los problemas más sofisticados, no puede enfrentarse con el optimismo del mero sentido común; de modo que, sin saberlo, dichas paradojas subyacen en nuestra psicología aparentemente sana, y lo que, a un nivel superficial, es dichoso, en el fondo, esconde terribles contradicciones. Podría decirse que los sentimientos de añoranza, de nostalgia, de búsqueda incesante de lo pasado, responden al instinto imbécil de los necios que no han asimilado que la niñez no volverá nunca, con sus canciones infantiles y sus juegos; y, a su vez, podría decirse que es en los más inteligentes donde arraiga la obsesión de todas las obsesiones, porque la reflexión sobre el destino y lo inevitable de la muerte ponen en jaque la posibilidad de salir airoso, si el anhelo es encontrarle a la vida algún sentido. Pero los filósofos han sabido ser el ejemplo más decepcionante, muchas veces, al erigir auténticos monumentos intelectuales contra todo lo que no se puede evitar, intentando tejer razonamientos engañosos donde la muerte, el mayor de los fracasos, nos es presentada como esa culminación que todos debiéramos querer alcanzar (por lo visto, está bien querer morirse). En todo caso, en la medida que las religiones han asumido el papel de sedar las inquietudes de la feligresía a este respecto, vendiendo a las gentes sencillas ese cielo que no está más allá de las nubes, los sacerdotes han conseguido más, esperanzando los corazones de los niños, consolando el dolor de las viudas, alentando animosamente a los ancianos. Y, si los tontos se dan a la añoranza y los inteligentes esgrimen las más extrañas reflexiones existenciales, los poetas se regalan a ese eterno retornar a las bondades del paisaje: son los eucaliptos, son los castañares del otoño, son los robles -nobles y rancios, tras los años-, y tal vez la conífera de la carretera -desde la ventana de la casa de mi padre todavía puede verse allí, en la cuesta del monte-, los que nos sugieren la solución momentánea a esa angustia que no admite contestación. Y es que la poesía tiene sus grandes temas: vida, amor y muerte. Y el del amor, el más socorrido, resulta hasta trivial y poco serio, si no viene de la mano de los otros, en un intento de darle a los versos -¡quién no ha querido escribir grandes sonetos de amor como los del Renacimiento y los del Barroco!- la consistencia de contenido que les falta, a costa de ser pura forma, de no tener importancia, de ser un ornato, un puro pasatiempo. También confesaré que yo, de todos modos, entiendo la poesía, fundamentalmente, como una respuesta inevitable del ser humano ante su necesidad antropológica de expresar algo que tiene que ver, posiblemente, con la relación del yo y el mundo."

Y vino el amor nuevamente, como el vino a la mesa de los invitados, el día que toca celebrar algún importante acontecimiento, uniéndolos en la pintura, en un nuevo redescubrimiento del otro y de sí mismos, porque quien no puede redescubrirse a sí mismo no puede redescubrir lo demás; porque quien no puede redescubrir algo de lo demás -todo de lo demás- no será nunca capaz de redescubrirse a él mismo:

"Llenaron los colores

del alba los pinceles

que vieron en el lienzo

los guiños de sus ojos, la pupila

que quiso ser reflejo de las playas,

los montes y los campos,

aquellos bosques verdes, la espesura,

el brillo de la tarde

poblada por las horas

vencidas, melancólicas y tristes.

Llenaron los espacios

callados de la nada,

los brillos de la nada,

jugando en un retrato femenino

que hablaba del amor y la belleza,

fundiendo amor y vida,

belleza y hermosura, en ese sueño

que evita los afanes

de todos los que quieren

y no reciben nunca lo que buscan.

Pensad que ese paisaje

que brilla en la pupila

de la muchacha bella

que os ve desde ese lienzo, desde el cuadro,

contiene los secretos de pareja

de amantes silenciosos

que buscan juventudes, que pretenden

tornar hacia el pasado,

hallar en otras épocas

aquel ayer perdido para siempre."

Con estas palabras, Pablo sellaba, en el silencio de su cuaderno, una paz, un armisticio contra aquella brutal indiferencia en que se iban aletargando las pasiones, sin que uno y otro -hubiera sido la ruptura- hablasen de ello. Con estas palabras, Pablo condenaba, en el silencio de su cuaderno, aquellas sensaciones de desprecio que iban naciendo de manera inadvertida en la pareja, merced a la desazón sentida por una frustración cuyo origen podría ser inexplicable. Con estas palabras, Pablo decidía, en el silencio de su cuaderno, reinstaurar una fidelidad solamente traicionada por el aburrimiento y la desidia, amenazando una relación que, sin lugar a dudas, encontraba vivificante. Y un día empezó a pintar y la existencia de ambos se llenó de colores, y quiso ser verde como los campos y la esperanza, y se vistió del azul de las promesas, del oro del anochecer que se refleja en los acantilados y las playas, no como anticipo de la muerte inevitable -idea agobiante para todos-, sino como una invitación al paseo, al romanticismo, mirando las estrellas en la altura, su temblor y su delicadeza, amiga de observar a los enamorados que volvían a convertir su lecho en un campo de batalla.

"Pensad que ese paisaje

que brilla en la pupila

de la muchacha bella

que os ve desde ese lienzo, desde el cuadro,

contiene los secretos de pareja

de amantes silenciosos

que buscan juventudes, que pretenden

tornar hacia el pasado,

hallar en otras épocas

aquel ayer perdido para siempre."

Y fue como volver a vivir: el mundo, a pesar de sus lluvias, del granizo tras los cristales -según iba entrando el invierno-, tomaba de nuevo el color de la ilusión, el color de la aventura, como si la vida fuera un viaje, ese viaje cuyo decurso debe ser apurado, como el vino añejo, hasta la última gota, vaciando la copa por entero. Y vino enero con sus vientos y sus tormentas, y las quiso en cada uno de los dibujos a plumín que le iba haciendo; y vino febrero con sus nieves y sus heladas, y supo pintar en su cristalino, puro y claro, la claridad de las nieves, la hermosura, la elegancia y limpidez del hielo; y vino marzo, y en sus ojos supo pintar la ilusión con la que se abren los primeros pétalos de las margaritas, porque, en ese tiempo, se abren, cómo no, los pétalos de las margaritas; y ya para abril, con los primeros cantos del cuclillo -no supo pintar el canto del cuco en los ojos de su amada-, supuso que todo mal, que toda angustia quedaba superada, que aquella desazón sentida tantos meses atrás no tenía ningún sentido. Y ella, arrodillada en el humilladero de un amor reconquistado, se dejó pintar y quiso ser la musa, y, guiada por la buena fe de aquella pasión renacida, no dejó a un lado la pasión de fotografiar ese mundo maravilloso abierto a sus ojos, porque, a decir verdad, tampoco con el pincel tenía mucha maña.

-¿Quieres decirme lo que estás pensando? -le preguntaba.

Y él, lejos de su callar taciturno, le hablaba del mundo y su belleza.

-¿Quieres decirme lo que estás pensando? -le preguntaba.

Y él, lejos de su callar taciturno, le hablaba de la poesía contenida en lo cotidiano.

-¿Quieres decirme lo que estás pensando? -le preguntaba.

Y él, lejos de su callar taciturno, le describía -poéticamente, claro- aquella tierra suya.

-¿Quieres decirme lo que estás pensando? -le preguntaba.

Y él le hablaba de las colinas, de los castañares, de los eucaliptos.

-¿Quieres decirme lo que estás pensando? -le preguntaba.

Y él, como llevado de un poder evocador, dibujaba con la palabra los maizales de su niñez, los herbazales de la adolescencia.

Y todo se hizo mejor con el verano, cuando llegó el nuevo verano, con sus olores y su optimismo, compaginando los días de sol a los tétricos días, siempre grises, de lluvia y de retiro.

-¿Qué te gusta de mí?

-Me gusta tu pelo, tus ojos, tus labios..., y lo que eres en la cama.

-¿Y qué soy en la cama?

Un sonido silbante salía de la boca de Pablo, indicando la conveniencia de callar en ese punto.

-¿Qué soy en la cama? -repitió.

Y él, sin decir una palabra -no era necesaria-, la miró con una sonrisa, agradecido por aquella juventud retornada del vacío, regresada de un tiempo inexistente que era conquistado por primera vez y vivido como una reconquista soñada durante tiempo tan largo. Y volvieron los golpes de Robusto, llenos de indignación, y los comentarios, cada vez más afilados de la Paquita, pero también las mieles de las noches interminables en las que Marta, feliz, alcanzaba ya a ver los colores con los que destella, mientras dura en el aire, solo unos segundos, una nota musical, y hasta aprendió que la poesía era poesía por las tonalidades, apagadas unas y encendidas otras, de cada uno de los acentos del verso, "percepción subjetiva, al decir de Pablo, nada fácil de defender." Y es que, posiblemente, muchos de los que se dan a estos oficios están rematadamente locos. Ambos estaban locos, y Pablo, el hombre de cierta edad, ni muy joven ni muy viejo, parecía un chiquillo, cuando se le escuchaba decir:

-Después de aquellos días calurosos, la música tornó con alegría: las horas del amor estaban cerca, los cielos encendían su hermosura, las sábanas sabían su descaro -le oyeron los momentos más hermosos.

Su voz casi le decía al oído, de manera cadenciosa, poética, aquellas maldades a su amada: "Y él era la batuta responsable de toda la belleza y la añoranza: ella era como un baño de inocencia, sus ojos eran puros como el cielo, sus labios eran mares acallados..."

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez
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